Tuve la delicadeza
de secar antes mis labios,
de quitar la nicotina,
el humo que me asfixia,
las escaleras que no se acaban,
las calles interminables,
los callejones sin salida,
mi saliva pastosa del tequila,
los besos prestados de esquina,
el asco que le tengo a mi rutina,
el absurdo de no tenernos
y el de tenernos,
mi café de madrugada,
el sinsentido de mi despertador
y el de mis labios cuando callan,
o cuando escupen con rabia,
hasta me quité el vómito de los ojos,
lavé con mentiras su nombre,
enmudecí el tic tac del reloj
y aparté lo odioso de mis días.
Para que ella me diera tres besos,
tres,
nada más,
como un tiro en la frente
y otros dos en las mejillas.