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El carcelero ya se ha ido, espera, prenderé la vela para verte.
Ahí estás. ¿Sabes? Siempre pensé que estaba solo en este inmundo y pútrido calabozo, ha sido toda una suerte que a ese gordo y borracho carcelero se le haya caído esta bolsa de cuero con la vela, la yesca y el pedernal. Por cierto, me tienes preocupado. Ya que sólo nos traen una ración de rancia sopa de coles y otra de agua, y te he ido dejando la mitad, deberías de aprovecharla. En fin, tú sabrás.
¿A que es hermosa la llama? La luz de la antorcha que porta el carcelero hiere mis ojos, pero esta de la vela me da sosiego, me da paz. ¿A ti no? Eres de esos que no hablan. ¿Eh? Lo respeto, es mejor que tener de compañero a uno de los que no paran de hablar día y noche. Aunque aquí, aquí siempre es de noche y hace frío. La verdad, añoro tener el cielo sobre mí. Y el sol, y la luna, y las estrellas. Pese a que no recuerdo bien cómo eran, recuerdo que me gustaban.
Con la luz de la vela, además de descubrir tu compañía, me he dado cuenta de que el moho que hay en las paredes parece haber infectado también mi cuerpo. Mis pies, mis manos, hasta mi larga barba cana, que antes fuera negra, muestra ese color verde, enfermizo, de las paredes. ¿Cuánto tiempo habrá pasado desde que me encerraron? ¿En qué año estamos? ¿Lo sabes? Bueno, seguro que tú llevas aquí tanto tiempo como yo, o más.
Para mí los primeros años fueron los peores, eso bien lo recuerdo, fue la época en que aún estaba la antorcha frente a mi puerta e iluminaba mi celda, la época en la que los carceleros bajaban a sodomizarme. Al principio luché contra ellos con todas las fuerzas de quien tiene poco que perder, con lo que recibía además una paliza. Así pasé meses. Después, por las heridas y huesos rotos, que se iban acumulando paliza tras paliza, poco me pude defender. No obstante, no perdía oportunidad para dar una mordida o un cabezazo repentino. De esta forma pasé años, torturado por los carceleros cada cierto tiempo, y por mi vejado orgullo cada día. Hasta que se me ocurrió la solución.
Entendí que la diversión de los carceleros era forzarme. Así pues, la siguiente vez que, borrachos, bajaron a violarme, no sólo no me resistí sino que les puse el culo, gemí, les pedí que me agarraran más fuerte y grité “¡dame más!” tantas veces y tan fuerte que los brutos perdieron todo interés en su perverso juego. Desde ese día me dejaron en paz. Pero, como último castigo, se llevaron la antorcha que iluminaba mi celda, dejándome en la más completa oscuridad. Hasta que tuvimos éste golpe de suerte tú y yo. Es bueno tener compañía…
¡¿Has escuchado?! Ya bajan de nuevo, hora de apagar la vela. Hasta la próxima, compañero, te echaré de menos, pese a que sé que estarás ahí, pues contigo parece que siento menos frío, que la comida no es tan rancia, que esta negrura no es tan negra, que la soledad no es tan inmensa. Pese a que, en la oscuridad, ni las sombras acompañen.
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