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La verdad es que la casa es grande, y más desde que maté a mi mujer.
Lo cierto es que es realmente grande, consta de cuatro plantas comunicadas por una larga escalera de peldaños de madera que, como haciendo meandros, van desde el piso superior hasta el sótano. Además, posee cinco habitaciones, repartidas en dos de las plantas, un cuidado jardín, una amplia cocina, tres baños, dos extensos patios, un gran salón, una espaciosa terraza, un holgado garaje y un sótano tan grande que abarca casi toda la superficie de la casa. Es tal el tamaño y disposición de la misma que, en el hueco de la escalera, se da el eco al rebotar en sus paredes casi cualquier sonido. Y es que la casa es realmente grande.
Así sucedió que, tras haber pasado una semana desde que enterrara el cuerpo de mi esposa en el jardín y se diera a conocer oficialmente su desaparición, una mañana, al pisar el suelo con mis pies desnudos, sentí que algo crujía bajo ellos. Al mirar pude ver que una infinidad de pequeñas moscas habían muerto, haciendo un camino con sus cadáveres, que iba desde mis pies hasta perderse de mi vista por la puerta del dormitorio. Ante éste inusual hecho, tras limpiar mis pies con mis manos y calzarme mis zapatillas, con curiosidad, seguí el camino que formaban tales pequeños cadáveres. Éste salía de mi habitación, continuaba por el rellano y ascendía por la escalera. Por lo que subí ésta y, siguiendo tal camino, llegué hasta el segundo piso, donde pude ver que terminaba en el rellano, en un enorme montón de estos insectos. Antes de limpiar aquel extraño fenómeno, mientras tomaba café y me fumaba un cigarrillo, llegué a la conclusión de que debía comprar insecticida para que, al menos, muriesen donde el veneno y no al borde de mi cama.
Esa noche escuché sonidos inusuales, como pasos presurosos que subían la escalera, constantemente, pero supuse que el gato del vecino se había colado otra vez en la casa, y seguí durmiendo.
A la mañana siguiente, al poner mis pies en el suelo estos pisaron algo blando. Cuando miré vi que, el camino que el día anterior había estado formado por moscas, ahora estaba formado por grandes polillas. En ese momento me reproché no haber comprado el insecticida el día anterior. Después, me limpié, me calcé y, una vez más, curioso, me puse a seguir el camino de pequeños muertos. Éste me llevó a salir del dormitorio, tomar las escaleras y llegar al tercer piso, donde pude ver que terminaba en una especie de pirámide, formada por un montón de tiesas y grandes polillas. Tras tomarme un café y fumarme mi cigarrillo matutino, mientras limpiaba las polillas, decidí que acto seguido iría a comprar el insecticida.
Esa noche volví a escuchar extraños sonidos, los pasos constantes en la escalera y un retumbar, como si alguien hiciera eco al apoyarse bruscamente en su metálica baranda. Mas imaginé que ya tenía otra vez dentro de la casa al incómodo gato en sus correrías. Por lo que cerré los ojos y me volví a dormir.
A la mañana, para mi nueva sorpresa, mis pies pisaron unos cuerpos duros y fríos, y al mirar pude ver que eran una multitud de lagartijas muertas. Formando un camino similar al que hicieran los insectos los días anteriores. De esta forma, como las veces previas, pero esta vez algo hastiado, seguí éste nuevo camino de cadáveres, que me llevó desde mi dormitorio hasta el cuarto piso, acabando dicho camino frente a la cocina, en una gran y desordenada pila de estos reptiles. Algo más tarde, tomándome un café y fumándome el primer cigarrillo del día, mientras miraba la pila de lagartijas muertas, llegué a la conclusión de que se habrían comido los insectos envenenados y que de esta forma habían muerto. Suponiendo así que ya no deberían de quedar en la casa y sus alrededores muchos de aquellos bichos, ni lagartijas ni insectos. Por lo que limpié y no me preocupé más del asunto.
Esa noche también escuché ruidos extraños. Por espaciado tiempo, los persistentes pasos en la escalera y el constante retumbar de su baranda, que concluyeron con un único y fortísimo portazo, seguido de un grito ahogado pero estremecedor. Si en ese momento hubiera creído en fantasmas hubiera jurado que era mi mujer, en uno de sus característicos berrinches. Pero concluí que los ruidos de la escalera debían de ser por el molesto gato, que el portazo lo habría producido la corriente, y el grito el viento, al colarse por algunos intersticios de las ventanas.
Sin embargo, la mañana de ese día sucumbió mi paciencia, al poner los pies en el suelo, sentir bajo ellos el tacto suave de unas inertes plumas y, al bajar la vista, ver una multitud de golondrinas muertas, formando un camino. ¿Cómo podía tener tal maldita suerte? No lo entendía. Por lo que, más que hastiado, sin ni si quiera calzarme, seguí éste nuevo camino de muertos que me llevó por toda la escalera hasta el cuarto piso, donde pude ver, asombrado, lo que parecía una bandada entera de golondrinas que se había estrellado contra la cocina, dejando un paisaje macabro. Y es que la sangre y vísceras de estas pequeñas aves estaban en su mayoría fuera de sus cuerpos, por los tremendos impactos que les habían quitado sus vidas. Toda la cocina estaba llena de golondrinas muertas, el suelo, la mesa central, las sillas, las repisas, la nevera, los fogones. Por ello, nada más ver aquella escena, decidí cerrar todas las ventanas y puertas, para evitar que entraran más. Después, me quedé un largo espacio de tiempo mirando el tremendo estropicio, perplejo, sin saber por dónde empezar. Así, enervado y con un repentino mareo, tuve un brote de ansiedad. Y, viendo la cajetilla de tabaco y el mechero intactos frente a mí, me hizo desear encender un cigarrillo. Cosa que hice ofuscado por mi estado y la incoherencia de la macabra visión, en un gesto automático, sin percatarme de que las golondrinas al estrellarse habían abierto el gas de todos los fogones.
Ahora soy yo el que, en la casa, a la noche, corre por las escaleras, da portazos y grita. Pero a mí nadie me escucha.
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