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Porque la miseria se puede encontrar tanto en lo espiritual como en lo material, Mario miraba esa noche a un oscuro mar sentado al filo de un acantilado, con sus manos y ropas manchadas de sangre.
Mario, habitante del pueblo de Vilaflor, era un producto más de un oprimido campesinado. Razón por la que su espíritu se había vuelto mezquino con el pasar del tiempo. Tan agrio había sido su destino que, pese a su juventud, ya había desgastado su cuerpo en los campos. Y sus dientes, manchados de tabaco y café, sólo, y en contadas ocasiones, llegaban a hacer un esbozo de sonrisa, una parodia de esta, una mueca que afeaba aún más su poco agraciado rostro, un gesto que bien podía significar cualquier cosa menos alegría.
Mario, hasta entonces, había vivido con lo poco que le quedaba, tras el abusivo impuesto del cacique, y de lo que sacaba su mujer bordando por interminables horas en la casa de éste.
Fabio de los Montenegrinos, el cacique, siendo soltero y sin hijos legítimos, poseía tierras que ocupaban no menos de doscientas familias a las que explotaba sin miramientos. No perdonando pago, por pequeño que fuese, ni porque por ello inocentes niños pasaran hambre. Pues Fabio de los Montenegrinos, como tantos caciques, era un tirano.
Por eso Mario y una cuadrilla resolvieron ponerle final a la dinastía de los Montenegrinos, asesinando al único descendiente vivo, su cacique, Fabio.
En principio se propusieron atraparle en el camino en alguno de sus paseos a caballo pero el cacique, siendo persona caprichosa, no tenía rutina fija. Por lo que decidieron asaltar su mansión a la noche. Concluyendo que sólo uno se adentraría para no alarmar al personal. Y fue Mario el elegido.
Así que, con tal suerte, Mario saltó el muro de la mansión y se adentró en ella. Silencioso, caminó por sus oscuros corredores y fue abriendo habitación tras habitación hasta que encontró el dormitorio principal. Dormitorio al que así entró, sigilosamente, y armado con un machete.
Entró decidido, con el aplomo que da la miseria, la valentía que da el no tener nada qué perder. Sin embargo, una visión lo paró de repente pues estaba equivocado, sí tenía algo qué perder. Ya que en la cama, junto al cacique, estaba su mujer.
En ese momento, Mario se vio tan súbitamente envuelto por emociones de ira, vergüenza y celos que se apoderó de él el absurdo y de un solo golpe de machete mató a su mujer, yéndose de la mansión después, dejando tras de sí a un vivo y estupefacto cacique.
Por todo esto, Mario, sentado al filo del acantilado, divagaba sobre la traición que había cometido su mujer, pensando en el engaño que tantas veces había sufrido. Pero, ahondando en sus sentimientos, también pensó en que su mujer, ahora a sus manos muerta, con las sobras de la cocina de la mansión había conseguido hasta ahora que nunca le faltase un plato de comida en su mesa, ni por sus costuras ropa, ni, con su cuerpo, calor en la cama.
Y Mario siguió pensando esto mientras caía por el acantilado, llegando a la ineludible conclusión, justo antes de estrellarse contra el oscuro mar, de que, en el fondo, su mujer le amaba.
Ayyy Old, qué amena e interesante se me ha hecho la lectura de este bello relato. Tu magistral prosa atrapa y no he parado de leer hasta llegar al final, he estado en suspense y me he llevado una gran sorpresa. Pobre Mario, la miseria le llevó a cometer una locura y sus recursos no le permitieron disponer de ningún otro recurso. Me ha encantado leerte. Besazos con mucha admiración.
 
Porque la miseria se puede encontrar tanto en lo espiritual como en lo material, Mario miraba esa noche a un oscuro mar sentado al filo de un acantilado, con sus manos y ropas manchadas de sangre.
Mario, habitante del pueblo de Vilaflor, era un producto más de un oprimido campesinado. Razón por la que su espíritu se había vuelto mezquino con el pasar del tiempo. Tan agrio había sido su destino que, pese a su juventud, ya había desgastado su cuerpo en los campos. Y sus dientes, manchados de tabaco y café, sólo, y en contadas ocasiones, llegaban a hacer un esbozo de sonrisa, una parodia de esta, una mueca que afeaba aún más su poco agraciado rostro, un gesto que bien podía significar cualquier cosa menos alegría.
Mario, hasta entonces, había vivido con lo poco que le quedaba, tras el abusivo impuesto del cacique, y de lo que sacaba su mujer bordando por interminables horas en la casa de éste.
Fabio de los Montenegrinos, el cacique, siendo soltero y sin hijos legítimos, poseía tierras que ocupaban no menos de doscientas familias a las que explotaba sin miramientos. No perdonando pago, por pequeño que fuese, ni porque por ello inocentes niños pasaran hambre. Pues Fabio de los Montenegrinos, como tantos caciques, era un tirano.
Por eso Mario y una cuadrilla resolvieron ponerle final a la dinastía de los Montenegrinos, asesinando al único descendiente vivo, su cacique, Fabio.
En principio se propusieron atraparle en el camino, en alguno de sus paseos a caballo, pero el cacique, siendo persona caprichosa, no tenía rutina fija. Por lo que decidieron asaltar su mansión a la noche. Concluyendo que sólo uno se adentraría para no alarmar al personal. Y fue Mario el elegido.
Así que, con tal suerte, Mario saltó el muro de la mansión y se adentró en ella. Silencioso, caminó por sus oscuros corredores y fue abriendo habitación tras habitación hasta que encontró el dormitorio principal. Dormitorio al que así entró, sigilosamente, y armado con un machete.
Entró decidido, con el aplomo que da la miseria, la valentía que da el no tener nada qué perder. Sin embargo, una visión lo paró de repente pues estaba equivocado, sí tenía algo qué perder. Ya que en la cama, junto al cacique, estaba su mujer.
En ese momento, Mario se vio tan súbitamente envuelto por emociones de ira, vergüenza y celos que se apoderó de él el absurdo y de un solo golpe de machete mató a su mujer, yéndose de la mansión después, dejando tras de sí a un vivo y estupefacto cacique.
Por todo esto, Mario, sentado al filo del acantilado, divagaba sobre la traición que había cometido su mujer, pensando en el engaño que tantas veces había sufrido. Pero, ahondando en sus sentimientos, también pensó en que su mujer, ahora a sus manos muerta, con las sobras de la cocina de la mansión había conseguido que nunca le faltase un plato de comida en su mesa, ni por sus costuras ropa, ni, con su cuerpo, calor en la cama.
Y Mario siguió pensando esto mientras caía por el acantilado, llegando a la ineludible conclusión, justo antes de estrellarse contra el oscuro mar, de que, en el fondo, su mujer le amaba.

MAGNIFICO ¡¡ que buen momento en estas breves pero intensas lineas, mis felicitaciones poeta, muchas gracias, te dejo un saludo cordial OLD SOUL.
 

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