.

Mi novia tenía una cobaya, uno de esos roedores como bolas de pelo que emiten casi constantemente un gritito infernal. Un animal que mi novia amaba con locura, de hecho, mucho más que a mí mismo.
La cobaya siempre estaba suelta por toda la casa, corriendo por el suelo, con su característico ruidito que no callaba ni de noche, cosa que a mi novia la ayudaba a dormir, y a mí me provocaba pasar las noches en vela pensando en que aún me quedaban tres años más de vivir tal Infierno, pues eso suelen vivir las cobayas. Y es que no callaba aquel demoníaco animal, día tras día, noche tras noche. Y así pasaron semanas que se convirtieron en meses, que llegaron al año, escuchando aquel sonido agudo y estridente, sin pausa. Hasta que un día entré con prisas a la casa mientras mi novia aún trabajaba y la cobaya, en un absurdo quiebro (aún hoy pienso si lo hizo adrede para amargarme la vida) se metió justo en la trayectoria de mi bota y salió volando hasta estamparse sonoramente contra una pared, muriendo así al instante.
En ese momento se me hundió el mundo y me puse a pensar, con el animal entre mis manos, cómo hacer para que mi novia no me dejara. Lo primero qué pensé fue en comprar alguna parecida, pero la cabrona de esta cobaya tenía una oreja desteñida, o sea, parte sin pigmentos, por lo que era fácilmente reconocible. Así pensé en comprar una parecida, arrancarle un cacho de oreja y decir que, de alguna forma, una rata o un gato, había entrado en la casa. Pero pensando esto escuché como abría la puerta principal mi novia y corriendo puse a la muerta cobaya en su caseta, me demoré un tiempo tratando de meterle la lengua que el maléfico animal había sacado perpetuamente tras morir pero sólo conseguí cerrar sus ojos con la esperanza de hacer ver que estaba dormido. Y fui a dar con mi novia que se había preparado un café con leche, el cual siempre tomaba hirviendo.
Así ocurrió que mi novia, extrañada de no escuchar a la cobaya fue a dar donde su jaula, poniendo en una mesa contigua a la jaula el ardiente café con leche, y de rodillas se dispuso a acariciar el cuerpo del muerto animal. Estaba perdido, iba a enterarse de mi asesinato, iba a dejarme. Por lo que, con el único ánimo de distraerla, en un acto irracional, sólo buscando en un absurdo ganar tiempo antes de que irremediablemente se enterara, golpeé el vaso, con su abrasivo líquido, con tal suerte que le cayó a mi novia directamente en los ojos.
Ahora, unas semanas después, pienso que no salió tan mal al fin y al cabo, mi novia no me ha dejado, aún no sabe que la cobaya ha muerto, y el perro guía me cae mucho mejor.

jajajajaja... (no es por tu novia, aclaro) ...

genial...

Amigo, un fuerte abrazo.
 
Viniendo de ti (que a veces eres un poco gore), podríamos esperar un tìtulo como:

"mi novia es una cobaya"

es más, este que has puesto me ha extrañado

bueno, te lo piensas para el próximo relato jaja

ya verás ya cuando se entere, espero que no tengamos otros disgusto y el próximo no sea: "mi novia me ha dejado por una cobaya"

Saluditos.
 

MundoPoesía se mantiene gracias a la publicidad y al apoyo (opcional) de nuestra comunidad.

♥ Hacer una donación
Atrás
Arriba