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A mi musa la violaron
cuarenta ladrones,
siete políticos,
la policía,
un hámster ruso
y su psiquiatra.
Las monjas de la Caridad
le niegan el alimento,
los curas han proclamado
que mirarla es sacrilegio,
y desde el Papado
la han excomulgado
poniendo precio a su cabeza.
Los judíos dicen que no es rentable,
los islámicos que es impura,
los budistas que es por su karma
y los testigos de Jheová,
simplemente,
no le abren la puerta.
Va descalza, hace mucho,
pisando cristales,
está sucia, harapienta,
y los vagabundos
no la dejan dormir en los portales.
En una helada, una noche,
la echó del metro la muchedumbre
y en el hospital la desahuciaron,
sin dejarla pasar de la puerta,
alegando que es incurable.
Pero ella es feliz,
es feliz a su manera,
pues no tiene otra.
Aunque yo aún me sorprendo
de que no esté muerta,
llorando miserias,
partida, ajada, rota.
Y es que, cada vez que le pregunto,
me dice que ella es feliz así,
mientras me rasca las orejas,
me dice que no importa,
que nada importa,
mientras yo muevo la cola,
me dice que a ella le basta
un poeta por mascota.
Guau!
 

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