Syd Carlyle
Poeta recién llegado
I
Lejos de las piedras y los árboles,
de brazos descarnados y curvos,
se dibujaban grises y retorcidos
los recovecos de una ciudad maldita.
II
Las luces, los carteles y los cristales,
se confundían con colores, perfumes,
palabras, sonidos, maderas y metales,
mezclándose como se mezcla el óleo
con el que pintar el cuadro de las calles.
Por las ventanas manaban malas fiebres,
agonía, miseria, envidia y maldad,
Pero nada había en aquella ciudad
Como el espectáculo atroz de las gentes.
Viejas malolientes y decrepitas
caminaban quebradas y dolientes,
y en sus pupilas obstinadas y ardientes,
se leía toda la Desgracia de sus días.
Mendigos de barbas grises y raídas
yacían entre ropas y mantas pestilentes,
soñando que destrozaban sus dientes,
con suculentas y grasientas comidas.
Mustios jóvenes de pieles amarillas,
con el veneno del Vacío en sus mentes,
divagaban sin ganas, tristes y silentes,
sin mas placer que el abrir sus heridas.
Reinaban los cielos de sus vidas,
malsanas Lunas y apagados soles,
Refugiándose el Solo en sus noches,
en el jeroglífico roto de las Estrellas.
III
El paso implacable del Tiempo,
-que encorva caras y espaldas-
la Soledad en los cuartos y las mentes,
-que impregna de Sueño el pensar-
la Angustia, el Tedio, el Aburrimiento...
-que oprimen el Alma y el vivir-
gobernaban aquellas calles cansadas
como si todo fuera una equivocación.
Y en verdad todo era equivocación,
Pero fúnebres y torcidas las gentes,
Gritaban como sedientos cuervos:
¡Antes tedio y angustia que la Nada!
¡Antes miseria y peste que la Muerte!