A Juanjo y sus plazos
La vida no se va, querido amigo.
La vida siempre sigue se va uno.
No sé si este poema es oportuno,
pero piensa que siento lo que digo:
Que mi tiempo se acabe es un castigo
si compruebo, mirando a cualquier lado
dondequiera que lo haya administrado,
que al hermano cerré siempre mi puerta
porque entonces opté por vida muerta
y la muerte en la vida habré dejado.
Pero, en cambio, si el tiempo que he tenido
ha logrado escapar de la estulticia
superando soberbia y avaricia
para ser tiempo humilde y compartido
formaré, aun después de haberme ido,
parte de esa memoria colectiva
que trasciende el que muera o el que viva
un granito de arena en el desierto,
o una gota en el ancho mar abierto.
Que yo sepa, no hay más alternativa.
No es mi idea ofrecer falaz consuelo
a quien sabe que el tiempo ya se acaba;
no es honrado mentir con el señuelo
de otra vida inventada; es mala baba
suponer mezquindad en alma brava
que un eterno futuro no ha pedido
porque entiende completo el buen sentido
de quien dijo que lo nuestro es pasar.
Apenas llega un río al ancho mar,
otra fuente, otro río ya han nacido.
Tal vez nuestra manida libertad
se ejerce solamente en la partida:
soy libre de escoger. O bien la vida
asumo en su continua variedad
o caigo en la tristeza y necedad
de dar vida al patético deseo
que quiere eternidad; pero la veo
absurda, inútilmente, encadenada
a quien, de eterno, nunca tuvo nada
y arruina, con su angustia, un buen paseo.
Yo brindo porque el tiempo que nos quede
prescinda del final y del principio;
los tiempos de futuro y participio
jamás han sido nuestros; y se puede
pedirle, timorato, que no ruede
al mundo: nadie nazca y nadie muera.
Mas, si eso nos parece una quimera,
lo es, también (yo creo que mayor)
un plazo, que es un tiempo de favor,
mirarlo, en vez de un don, como tijera.
La vida no se va, querido amigo.
La vida siempre sigue se va uno.
No sé si este poema es oportuno,
pero piensa que siento lo que digo:
Que mi tiempo se acabe es un castigo
si compruebo, mirando a cualquier lado
dondequiera que lo haya administrado,
que al hermano cerré siempre mi puerta
porque entonces opté por vida muerta
y la muerte en la vida habré dejado.
Pero, en cambio, si el tiempo que he tenido
ha logrado escapar de la estulticia
superando soberbia y avaricia
para ser tiempo humilde y compartido
formaré, aun después de haberme ido,
parte de esa memoria colectiva
que trasciende el que muera o el que viva
un granito de arena en el desierto,
o una gota en el ancho mar abierto.
Que yo sepa, no hay más alternativa.
No es mi idea ofrecer falaz consuelo
a quien sabe que el tiempo ya se acaba;
no es honrado mentir con el señuelo
de otra vida inventada; es mala baba
suponer mezquindad en alma brava
que un eterno futuro no ha pedido
porque entiende completo el buen sentido
de quien dijo que lo nuestro es pasar.
Apenas llega un río al ancho mar,
otra fuente, otro río ya han nacido.
Tal vez nuestra manida libertad
se ejerce solamente en la partida:
soy libre de escoger. O bien la vida
asumo en su continua variedad
o caigo en la tristeza y necedad
de dar vida al patético deseo
que quiere eternidad; pero la veo
absurda, inútilmente, encadenada
a quien, de eterno, nunca tuvo nada
y arruina, con su angustia, un buen paseo.
Yo brindo porque el tiempo que nos quede
prescinda del final y del principio;
los tiempos de futuro y participio
jamás han sido nuestros; y se puede
pedirle, timorato, que no ruede
al mundo: nadie nazca y nadie muera.
Mas, si eso nos parece una quimera,
lo es, también (yo creo que mayor)
un plazo, que es un tiempo de favor,
mirarlo, en vez de un don, como tijera.
::