La malva deja caer sus pétalos ante la atenta mirada ceñuda del dios de las calamidades;el cual,ruge con estrépito cada vez que un mortal se desangra en el polvoriento pavimento del templo de la Muerte.Ahí dentro arden incensarios de plata,que exorcitan de sus negras culpas a los espíritus consternados por no haber entrado en la loca rueda astral de las viles reencarnaciones.Entonces se cierran las pesadas puertas de cuarzo con estrépito,y una voz profunda clama del tabernáculo como una hiriente brisa fantasmal de ajado y caduco otoño.Es entonces cuando los vaporosos sacerdotes de pies descalzos y negras túnicas raídas salmodian versos tenebrosos,para invocar al numen tutelar de la región;el cual se presenta en el altar inmaculado de rosas húmedas como una llamarada gris opaca;dispuesta a enervar los sentimientos fratricidas de los jóvenes rebeldes que,impacientes,esperan en el claroscuro de un atardecer de densas tinieblas,a las afueras,expectantes por un signo clamoroso que despunte en el advenedizo crepúsculo de cuernos infernales y susurro de locura demoníaca.