A MI PUEBLO DE TOCINA

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Poeta recién llegado
A MI PUEBLO DE TOCINA

Querer estar y no poder;
reír las historias elocuentes
de amigos, y enmudecer
y acompañar contento
la unión mágica de fluidos acompasados
de historias inacabadas,
de charlas en las noches de verano
en las puertas de las calles
cuando el calor aprieta y dormir se hace imposible
y donde la manta en el suelo yermo
cobija mis sueños más profanos.

Querer respirar y no poder;
atrapar el aire puro de esa vega fértil y fecunda,
beber las aguas tibias y saciadoras
de incontrolada pasión y delirio
que solo el Guadalquivir otorga
a los hijos de su orilla,
los que temen sus enfados
y respuestas disonantes cuando llueve en lo más alto
del inicio de sus días
y decide que sus gentes
no han partido todavía
a ofrecerle pleitesía
como al dios que antaño ardía
y por eso, ese enfado, por eso esa riada,
que cuanto más la temías,
terminaba por llegar
a esa casita mía que en el Coto yo elevé
y cobijaba las esperanzas
que mis brazos sostenían
para perderlo en un día
por esa furia incontrolable
de quien se sabe poderoso
ante los hombre débiles y pobres
de estas entrañas mías.

Querer amar y no poder;
no poder mirar hacia adelante
con la ternura de un adolescente
cuando su sangre le hierve
en los surcos de sus venas
y echarse hacia adelante
para acompañar las penas
que mitiguen sus sollozos y profundos desengaños
que siente en su interior
sin que nadie ponga remedio
a ese mal tan degradante
para cualquier persona
que solo busca el calor
de una mañana ardiente,
de la fuerza del medio día,
del atardecer de su agonía
y la noche que él quería,
para demostrar a ese espíritu de amor que guía,
a dos corazones temblorosos de amor y vida,
donde antes, con el correr de los años, hubo alegría.

Querer morir y no poder;
mi vida entera daría
por ese pueblo tan justo
de equilibrios acompasados,
de buenas disposiciones
y que acoge sin reparos
a todos los que a su corazón les llega
pidiendo su buen cobijo
para criar a sus hijos,
donde poder educarlos
y donde puedan amarlos,
sin tener que claudicar
por tu gente labrador,
que sus vidas dirigían
cuando antes era temor
decir no a vuestra usía,
y sí a todo, al señor.

Antonio Calvo Fernández
 
A MI PUEBLO DE TOCINA

Querer estar y no poder;
reír las historias elocuentes
de amigos, y enmudecer
y acompañar contento
la unión mágica de fluidos acompasados
de historias inacabadas,
de charlas en las noches de verano
en las puertas de las calles
cuando el calor aprieta y dormir se hace imposible
y donde la manta en el suelo yermo
cobija mis sueños más profanos.

Querer respirar y no poder;
atrapar el aire puro de esa vega fértil y fecunda,
beber las aguas tibias y saciadoras
de incontrolada pasión y delirio
que solo el Guadalquivir otorga
a los hijos de su orilla,
los que temen sus enfados
y respuestas disonantes cuando llueve en lo más alto
del inicio de sus días
y decide que sus gentes
no han partido todavía
a ofrecerle pleitesía
como al dios que antaño ardía
y por eso, ese enfado, por eso esa riada,
que cuanto más la temías,
terminaba por llegar
a esa casita mía que en el Coto yo elevé
y cobijaba las esperanzas
que mis brazos sostenían
para perderlo en un día
por esa furia incontrolable
de quien se sabe poderoso
ante los hombre débiles y pobres
de estas entrañas mías.

Querer amar y no poder;
no poder mirar hacia adelante
con la ternura de un adolescente
cuando su sangre le hierve
en los surcos de sus venas
y echarse hacia adelante
para acompañar las penas
que mitiguen sus sollozos y profundos desengaños
que siente en su interior
sin que nadie ponga remedio
a ese mal tan degradante
para cualquier persona
que solo busca el calor
de una mañana ardiente,
de la fuerza del medio día,
del atardecer de su agonía
y la noche que él quería,
para demostrar a ese espíritu de amor que guía,
a dos corazones temblorosos de amor y vida,
donde antes, con el correr de los años, hubo alegría.

Querer morir y no poder;
mi vida entera daría
por ese pueblo tan justo
de equilibrios acompasados,
de buenas disposiciones
y que acoge sin reparos
a todos los que a su corazón les llega
pidiendo su buen cobijo
para criar a sus hijos,
donde poder educarlos
y donde puedan amarlos,
sin tener que claudicar
por tu gente labrador,
que sus vidas dirigían
cuando antes era temor
decir no a vuestra usía,
y sí a todo, al señor.

Antonio Calvo Fernández
que original imagen la que nos presenta de aquel lugar, muy grato leerle
 

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