Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
En mi cumpleaños 69 deseo cosas que no caben en una lista ni obedecen al calendario. Deseo, por ejemplo, que el tiempo se distraiga conmigo, que se siente a tomar café y olvide avanzar mientras le cuento anécdotas que nunca ocurrieron pero que, de algún modo, recuerdo. Deseo que la prisa pierda el autobús y que la paciencia me escriba postales desde lugares improbables.
Deseo seguir llegando tarde a ciertas conclusiones y temprano a los abrazos. Que el cuerpo, con sus crujidos y advertencias, no sea una queja sino un archivo vivo; que cada cicatriz conserve su letra minúscula y cada risa su mayúscula intacta. Deseo equivocarme con elegancia y acertar sin alardes.
Deseo palabras que no expliquen, que abran puertas. Silencios que no pesen. Días que no pidan permiso. No quiero certezas: quiero preguntas bien formuladas, esas que caminan solas por la casa y se sientan a la mesa como invitados de confianza.
Deseo seguir creyendo que la ternura es una forma avanzada de inteligencia, que la memoria no es un museo sino un jardín, y que el amor —cuando llega— no pregunta la edad, solo si hay una silla libre a su lado.
En mi cumpleaños 69 deseo menos ruido y más asombro. Que lo simple me sorprenda. Que lo imposible se vuelva cotidiano. Y que, al final del día, cuando el mundo apague sus luces, todavía me quede la certeza mínima y suficiente de haber vivido con curiosidad, con gratitud y con una leve sonrisa conspirando contra la gravedad.
Deseo seguir llegando tarde a ciertas conclusiones y temprano a los abrazos. Que el cuerpo, con sus crujidos y advertencias, no sea una queja sino un archivo vivo; que cada cicatriz conserve su letra minúscula y cada risa su mayúscula intacta. Deseo equivocarme con elegancia y acertar sin alardes.
Deseo palabras que no expliquen, que abran puertas. Silencios que no pesen. Días que no pidan permiso. No quiero certezas: quiero preguntas bien formuladas, esas que caminan solas por la casa y se sientan a la mesa como invitados de confianza.
Deseo seguir creyendo que la ternura es una forma avanzada de inteligencia, que la memoria no es un museo sino un jardín, y que el amor —cuando llega— no pregunta la edad, solo si hay una silla libre a su lado.
En mi cumpleaños 69 deseo menos ruido y más asombro. Que lo simple me sorprenda. Que lo imposible se vuelva cotidiano. Y que, al final del día, cuando el mundo apague sus luces, todavía me quede la certeza mínima y suficiente de haber vivido con curiosidad, con gratitud y con una leve sonrisa conspirando contra la gravedad.