sebastianidad
Poeta recién llegado
A mis vecinos de dos cuadras
Un hielo apuñala la tarde
raja las vestiduras del barrio,
los veo en la vereda
los transito,
dicen que la mugre en su piel los protege del frío
son los desamparados
barren las baldosas
limpias como tazas de porcelana
de las que mujeres ociosas beben el té de sus tardes.
Llevan la insignia de la sospecha
de vivir bajo el halo de la vagancia y la falta de ímpetu hacia el trabajo
pero no, la honra y el orgullo los protegen como una ética,
él lava autos del estacionamiento que alojan bajo un mismo techo
la autopista,
cuando se cuela el agua de las lluvias
se les figura la inundación
baldes de pobreza retratan sus rostros.
pilas de cartones simulan un armario
el fuego como una prehistoria
les da el calor para sus comidas
que cocinan en una olla ennegrecida
mientras en casa hornallas de gas calientan la pava
un termo y un mate sobre el parqué
ese frío que apuñala se me clava en el pecho.
su colchón hecho de olvido
cuando en la ciudad bullen las ventas
de los espectros del confort
una manta gastada apenas
alivia el dolor del cuerpo en las noches de invierno,
ellos son los agrietados
son el baldío de un cuerpo homicida
los ojos masacrados de anhelos borrosos
desconocen el destino de sus vidas
sino lo es en el espanto de su infortunio
la sangre se les congela en las venas,
y yo vivo a dos cuadras
en el fruto de mi hogar
atesoro mis pertenencias, no quiero que nadie las toque
pero qué cuando el vacío se come los crepúsculos
cuando el viento devora la esperanza
si la felicidad es como dicen, sustentada
en lo propio que difiere de lo ajeno
qué si lo propio es una vereda pública,
la moneda para el pan
una mueca en la boca risueña
de quien de banquetes se atesta.
No son mendigos sino
excluidos de la peste del dinero,
llevan la huella indeleble del canalla
que pasa sus días en reuniones hipócritas
al mando de la justicia
que dicen por todos igualdad
Acaso votan los desamparados
Acaso pliegan sus alas cuando el cielo calla
Acaso el pensamiento duro de salir a las calles
Les acobija como almohada de sus sueños.
Y yo, un pequeño transeúnte
testigo de su condición escandalosa, indiferente
a los pasos de aquellos huérfanos de compasión
(del amor en flor de piel mielina)
la sombra petulante de mi alma
humillado por ellos me siento
en el silencio de una pagina
que alguna vez albergó a mi amada
(mi mano tibia endulza tus mejillas)
no hará mas que perderse en el océano
de las palabras:
si el oficio no sale a la calle
el ardor del sufrimiento que envuelve al indigente
en el cuchillo de las mañanas
las llamas perezosas de una comida a veces ausente
el fantasma de una vida en pausa
sin la dicha de una postergación
animada por el aire de una promesa a cumplir.
Mi cuarto miserable hospeda al sol entrando por el cristal
derramo lágrimas sobre el corazón de estos desdichados;
si algún día he de morir
que mi lapida lleve en funesta inscripción
el brío de una letra erguida
sobre las raíces del árbol que tejerá
una manta cálida compasiva
para los vecinos de mis dos cuadras
un lienzo en donde gocen en una cuenta sin cuenta
del trabajo de un espíritu conciliado con la materia
que haga de esa pobreza un buque hundiéndose en profundas aguas
que el fermento de este oficio sea el poste para un cuerpo social
en donde crispen todas las estrellas.
Un hielo apuñala la tarde
raja las vestiduras del barrio,
los veo en la vereda
los transito,
dicen que la mugre en su piel los protege del frío
son los desamparados
barren las baldosas
limpias como tazas de porcelana
de las que mujeres ociosas beben el té de sus tardes.
Llevan la insignia de la sospecha
de vivir bajo el halo de la vagancia y la falta de ímpetu hacia el trabajo
pero no, la honra y el orgullo los protegen como una ética,
él lava autos del estacionamiento que alojan bajo un mismo techo
la autopista,
cuando se cuela el agua de las lluvias
se les figura la inundación
baldes de pobreza retratan sus rostros.
pilas de cartones simulan un armario
el fuego como una prehistoria
les da el calor para sus comidas
que cocinan en una olla ennegrecida
mientras en casa hornallas de gas calientan la pava
un termo y un mate sobre el parqué
ese frío que apuñala se me clava en el pecho.
su colchón hecho de olvido
cuando en la ciudad bullen las ventas
de los espectros del confort
una manta gastada apenas
alivia el dolor del cuerpo en las noches de invierno,
ellos son los agrietados
son el baldío de un cuerpo homicida
los ojos masacrados de anhelos borrosos
desconocen el destino de sus vidas
sino lo es en el espanto de su infortunio
la sangre se les congela en las venas,
y yo vivo a dos cuadras
en el fruto de mi hogar
atesoro mis pertenencias, no quiero que nadie las toque
pero qué cuando el vacío se come los crepúsculos
cuando el viento devora la esperanza
si la felicidad es como dicen, sustentada
en lo propio que difiere de lo ajeno
qué si lo propio es una vereda pública,
la moneda para el pan
una mueca en la boca risueña
de quien de banquetes se atesta.
No son mendigos sino
excluidos de la peste del dinero,
llevan la huella indeleble del canalla
que pasa sus días en reuniones hipócritas
al mando de la justicia
que dicen por todos igualdad
Acaso votan los desamparados
Acaso pliegan sus alas cuando el cielo calla
Acaso el pensamiento duro de salir a las calles
Les acobija como almohada de sus sueños.
Y yo, un pequeño transeúnte
testigo de su condición escandalosa, indiferente
a los pasos de aquellos huérfanos de compasión
(del amor en flor de piel mielina)
la sombra petulante de mi alma
humillado por ellos me siento
en el silencio de una pagina
que alguna vez albergó a mi amada
(mi mano tibia endulza tus mejillas)
no hará mas que perderse en el océano
de las palabras:
si el oficio no sale a la calle
el ardor del sufrimiento que envuelve al indigente
en el cuchillo de las mañanas
las llamas perezosas de una comida a veces ausente
el fantasma de una vida en pausa
sin la dicha de una postergación
animada por el aire de una promesa a cumplir.
Mi cuarto miserable hospeda al sol entrando por el cristal
derramo lágrimas sobre el corazón de estos desdichados;
si algún día he de morir
que mi lapida lleve en funesta inscripción
el brío de una letra erguida
sobre las raíces del árbol que tejerá
una manta cálida compasiva
para los vecinos de mis dos cuadras
un lienzo en donde gocen en una cuenta sin cuenta
del trabajo de un espíritu conciliado con la materia
que haga de esa pobreza un buque hundiéndose en profundas aguas
que el fermento de este oficio sea el poste para un cuerpo social
en donde crispen todas las estrellas.