ASTRO_MUERTO
Poeta fiel al portal
.
.
.
.
.
¿A QUÉ NARICES QUERER ABRAZAR EL ESPEJISMO DE LOS ASTROS,
mecanografiando porquerías, soñando con absurdos anhelos de tiempo y de memoria?
A qué narices y por tanto, se rompa en este pésimo poema el espejismo.
Ora por ti, que crees que será fantástico esperar la reacción del gentío,
pie firme frente a tu último epitafio –porque siempre es posible morir más de una vez–; ojos, bocas firmes frente a tu último epitafio,
que nunca vale más que las ensoñaciones (por patéticas también) que apunta tu sobrinita en un diario de vida.
Ora por ti, que piensas la extraordinariez del asunto: poca gente te conoce, menos, inclusive, que la que te conocía antes, cuando no se te había visto ni en pelea de perros,
lo que inevitablemente concluye con tu masa sosteniendo tu presencia en un programa de TV,
conducido por un tipo barbón y flacuchento, de apellido Warnken,
para especular sobre especulaciones,
divagando,
decretando y terminar, posiblemente hablando de Whitman, de Confucio o de Goethe,
quedando en claro que tienes y no tienes; uno, idea de nada;
dos, una leve tendencia a inclinar la cabeza a la siniestra.
Ora por ti, que te vas a preguntar qué esfínteres estás haciendo allí –porque tarde o temprano llega ese momento –Hasta caer en cuenta de la espalda de un chofer, presuntamente de taxi,
que te conducirá hasta aquellas librerías en donde autografiarás o recomendarás tus basuras a tipejos como yo,
que ignorándote,
más tarde escribirán sobre el asunto.
Imagina tu cara de loco entonces, en afiches y revistas,
o cumpliendo el acto de presencia durante el estreno de tu último epitafio –porque siempre es posible pudrirse una vez más–,
luciendo un traje nuevo o un abrigo, posiblemente un sombrerito,
y haciendo el simulacro del artista.
Te rodearás de extraños y de extrañas insoportables que te van a estar mirando,
y sí, como miraría una niñita al tarado de Bieber.
Probablemente te van a decir que les cambiaste la vida, o llevarán el contorno de tu rostro en una chapa; estarás en sus estantes, estarás en sus baños o de adorno en sus mesitas,
y te vas a sentir responsable; una especie de benefactor social, o algo por el estilo; te estallará el pecho de orgullo o de alegría, y agrandándosete el corazón, te harás llamar (sino tú, tus otros yo) maestro y tu semblante se sumará de aires superiores,
vuélvase icónico,
dótese de intelectualidad o cúbrase de flores,
para terminar dando tus malditos consejos a escritorcillos de fin de semana, como yo, por ejemplo,
porque siempre es posible pudrir un poco más lo que ya venía podrido.
No obstante sonreirás mucho, para que todos vean cuán pleno eres.
Ora por ti, que te volverás a preguntar qué sacros estás haciendo allí, porque tarde o temprano llega ese momento.
Pero posiblemente un día se te acerque una mujer de senos atemorizantes,
posiblemente esa mujer te pida una dedicatoria: –para uno de mis hijitos –dirá ella, mientras quién sabe de dónde extrae una lapicera.
Pero tendrás que ser cínico una vez más,
mentir como lo haces siempre cuando enfrente se te presenta un bolígrafo o un teclado;
pero lo harás por el arte,
pese a que odias a los niños,
pese a que sabes que son revoltosos,
que destruyen y que agitan, que rayan todo con un lapicito,
y por si esto no fuera suficiente,
hay que comprobar constantemente que no hayan muerto mientras cuentan ovejitas.
Ora por ti,
que te vas a creer el cuento, ya seas la cara o seas la cruz;
en la primera, haciendo el papel honesto del ególatra;
en la segunda, vendiéndote cínicamente como un humilde personaje.
Pero tú te creerás el cuento, y te recorrerá una fuerza extraña:
Oh, dénsete venias para dar a largas y anchas opiniones sobre asuntos que nada pintan con la mierda que produces.
Oh, dénsete poderes, potestad para vilipendiar a otros,
o salir al aire, mostrando tu sonrisita delante de una cámara que conduce justo adentro de una caja en mi habitación, para que yo te escuche disparando cañonazos contra el ego
mientras que te forras con él
y yo me muero de hambre.
Y entonces yo reiré: “¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!”
reiré mientras pregunto al éter: “¿qué lóbulos está haciendo ese tipo allí?”,
porque tarde o temprano llega ese momento,
y sincrónicamente se habrá dado mientras escribo este poema sobre tu patética vida de escritor,
lo cual me dejará en claro que,
aunque no me conozcas,
te vas a estar muriendo de la envidia.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
¿A QUÉ NARICES QUERER ABRAZAR EL ESPEJISMO DE LOS ASTROS,
mecanografiando porquerías, soñando con absurdos anhelos de tiempo y de memoria?
A qué narices y por tanto, se rompa en este pésimo poema el espejismo.
Ora por ti, que crees que será fantástico esperar la reacción del gentío,
pie firme frente a tu último epitafio –porque siempre es posible morir más de una vez–; ojos, bocas firmes frente a tu último epitafio,
que nunca vale más que las ensoñaciones (por patéticas también) que apunta tu sobrinita en un diario de vida.
Ora por ti, que piensas la extraordinariez del asunto: poca gente te conoce, menos, inclusive, que la que te conocía antes, cuando no se te había visto ni en pelea de perros,
lo que inevitablemente concluye con tu masa sosteniendo tu presencia en un programa de TV,
conducido por un tipo barbón y flacuchento, de apellido Warnken,
para especular sobre especulaciones,
divagando,
decretando y terminar, posiblemente hablando de Whitman, de Confucio o de Goethe,
quedando en claro que tienes y no tienes; uno, idea de nada;
dos, una leve tendencia a inclinar la cabeza a la siniestra.
Ora por ti, que te vas a preguntar qué esfínteres estás haciendo allí –porque tarde o temprano llega ese momento –Hasta caer en cuenta de la espalda de un chofer, presuntamente de taxi,
que te conducirá hasta aquellas librerías en donde autografiarás o recomendarás tus basuras a tipejos como yo,
que ignorándote,
más tarde escribirán sobre el asunto.
Imagina tu cara de loco entonces, en afiches y revistas,
o cumpliendo el acto de presencia durante el estreno de tu último epitafio –porque siempre es posible pudrirse una vez más–,
luciendo un traje nuevo o un abrigo, posiblemente un sombrerito,
y haciendo el simulacro del artista.
Te rodearás de extraños y de extrañas insoportables que te van a estar mirando,
y sí, como miraría una niñita al tarado de Bieber.
Probablemente te van a decir que les cambiaste la vida, o llevarán el contorno de tu rostro en una chapa; estarás en sus estantes, estarás en sus baños o de adorno en sus mesitas,
y te vas a sentir responsable; una especie de benefactor social, o algo por el estilo; te estallará el pecho de orgullo o de alegría, y agrandándosete el corazón, te harás llamar (sino tú, tus otros yo) maestro y tu semblante se sumará de aires superiores,
vuélvase icónico,
dótese de intelectualidad o cúbrase de flores,
para terminar dando tus malditos consejos a escritorcillos de fin de semana, como yo, por ejemplo,
porque siempre es posible pudrir un poco más lo que ya venía podrido.
No obstante sonreirás mucho, para que todos vean cuán pleno eres.
Ora por ti, que te volverás a preguntar qué sacros estás haciendo allí, porque tarde o temprano llega ese momento.
Pero posiblemente un día se te acerque una mujer de senos atemorizantes,
posiblemente esa mujer te pida una dedicatoria: –para uno de mis hijitos –dirá ella, mientras quién sabe de dónde extrae una lapicera.
Pero tendrás que ser cínico una vez más,
mentir como lo haces siempre cuando enfrente se te presenta un bolígrafo o un teclado;
pero lo harás por el arte,
pese a que odias a los niños,
pese a que sabes que son revoltosos,
que destruyen y que agitan, que rayan todo con un lapicito,
y por si esto no fuera suficiente,
hay que comprobar constantemente que no hayan muerto mientras cuentan ovejitas.
Ora por ti,
que te vas a creer el cuento, ya seas la cara o seas la cruz;
en la primera, haciendo el papel honesto del ególatra;
en la segunda, vendiéndote cínicamente como un humilde personaje.
Pero tú te creerás el cuento, y te recorrerá una fuerza extraña:
Oh, dénsete venias para dar a largas y anchas opiniones sobre asuntos que nada pintan con la mierda que produces.
Oh, dénsete poderes, potestad para vilipendiar a otros,
o salir al aire, mostrando tu sonrisita delante de una cámara que conduce justo adentro de una caja en mi habitación, para que yo te escuche disparando cañonazos contra el ego
mientras que te forras con él
y yo me muero de hambre.
Y entonces yo reiré: “¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!”
reiré mientras pregunto al éter: “¿qué lóbulos está haciendo ese tipo allí?”,
porque tarde o temprano llega ese momento,
y sincrónicamente se habrá dado mientras escribo este poema sobre tu patética vida de escritor,
lo cual me dejará en claro que,
aunque no me conozcas,
te vas a estar muriendo de la envidia.
.
.
.
.
.
.
.
.
Última edición: