A trescientos sesenta grados de mí

A trescientos sesenta grados de mí, me miro,
difuminadamente en el cenit de nuestro sillón,
a la hora en que el tiempo se pinta sepia.
Y yo soy, entonces, la periferia de todos mis pronombres.

Por las noches ya no logro conciliar la muerte
–es por mi vocación de escapista-
y me quedo embarrado en el mundo
como una pincelada de impresionismo
y yo soy, entonces, de la navaja de Van Gogh, el blanco

Mi corazón grita acordes a destiempo
en esta historia sinfónica de cada mañana,
en la crucifixión del grillo,
en la sordera del abuelo…
Y yo soy, entonces, los cuadros negros del crucigrama
o cualquier otra cosa, menos lo que mi gato piensa.

El silencio es el cáncer de los días
ha descompuesto el engranaje de los besos
de los teléfonos que infértiles desertan
de su incierta vocación contestataria
Y yo soy, entonces, el proyectil del que está libre de pecado

Afuera los planetas se afilan, se enfilan;
y parecen tocar a mi ventana;
pero yo estoy embotado pronunciándote
con mis ojos añejos y mis pantalones tristes.
Y yo soy, entonces, el extranjero de todos los lugares.
Silencio y acordes para propagar una melancolia abrazada.
el poema es intenso e ilumina sinceramente esos sentimientos
vitales y plenos de melancolia. excelente.
saludos de luzyabsenta
 

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