Isidro Dichter
Poeta recién llegado
Yo a usted no le “canto”, don Remo; yo no soy de los que pretenden
tener lira, guzla, o eso que llaman flauta de Pan.
Tan sólo tengo mis palabras, y un alma terca que se enciende
de infernal escozor al ver a un héroe sin honrar.
Que es bueno el trabajo le han dicho a usted noche y día,
que es digno trabajar nos dice siempre el señor cura.
Que el trabajo dignifica le decían a usted sus honrados padres,
y usted nunca se excusó con mediocre ideología.
¿Quién se acordará de su sudor de tierra, heroico y exprimido
día tras día, toda una vida, y sin reclamación?
Verdad fría como el metal. Hazaña hecha cinc en el olvido:
a los héroes no se honra en esta amnésica nación.
Hoy ha puesto usted sus manos al alcance del porfiante apero,
se ha ido a la mina, dejando rancho, mujer, e hijos dientudos y menesterosos.
Siempre es, amigo, usted, siempre usted quien paga el plato;
por combatir con piocha al demonio de ese túnel, a oscuras y de hinojos.
Nadie le ha visto a usted entrar en la mina sin ninguna garantía
de vida ni de nada, ni aun máscara ni guantes.
Es que hay que trabajar. Dicen que hay oro allá en la mina;
el gringo Kevin quiere los bastos y los oros del paisaje.
El día es tórrido, como tórrido es el amarillo y espinoso trance;
a lo lejos, una máquina tritura los huesos del mundo.
Los cadáveres de la roca se apilan horribles y grisáceos
y un metálico vaivén ruge iracundo.
¿Oís? Es el progreso, es el avance, quintaesencia del positivismo,
todo industria y todo él una máquina telúrica y tenaz.
Don Remo, allá lo esperan su mujer y sus dos hijos;
regrese de la mina, que ya les entra la ansiedad.
Es temprano y raya el alba. Fue un borrón la noche y el celaje.
Don Remo aún no vuelve a su familia que lo espera en casa,
su mujer no ha dormido ni un horrible instante,
y afuera, en el patio, el tenebroso gallo criollo canta.
En el zunzo seco se ha posado, en rama de macabro semblante
una hermosa urraca de naranja, de blanco y de azul patriota.
Ella es testigo de algo horrible y desconcertante,
de la muerte que gotea desde la horrenda noche clara y muerta.
Don Remo y otros tres ahora yacen sepultados bajo un pedregal,
veinte hombres aburridos, con azadones, los van buscando.
En el pueblo se leerá hoy pancartas y se azuzará citando a Marx;
para ellos, don Remo, no hay héroes, sino lacayos del ricacho...
tener lira, guzla, o eso que llaman flauta de Pan.
Tan sólo tengo mis palabras, y un alma terca que se enciende
de infernal escozor al ver a un héroe sin honrar.
Que es bueno el trabajo le han dicho a usted noche y día,
que es digno trabajar nos dice siempre el señor cura.
Que el trabajo dignifica le decían a usted sus honrados padres,
y usted nunca se excusó con mediocre ideología.
¿Quién se acordará de su sudor de tierra, heroico y exprimido
día tras día, toda una vida, y sin reclamación?
Verdad fría como el metal. Hazaña hecha cinc en el olvido:
a los héroes no se honra en esta amnésica nación.
Hoy ha puesto usted sus manos al alcance del porfiante apero,
se ha ido a la mina, dejando rancho, mujer, e hijos dientudos y menesterosos.
Siempre es, amigo, usted, siempre usted quien paga el plato;
por combatir con piocha al demonio de ese túnel, a oscuras y de hinojos.
Nadie le ha visto a usted entrar en la mina sin ninguna garantía
de vida ni de nada, ni aun máscara ni guantes.
Es que hay que trabajar. Dicen que hay oro allá en la mina;
el gringo Kevin quiere los bastos y los oros del paisaje.
El día es tórrido, como tórrido es el amarillo y espinoso trance;
a lo lejos, una máquina tritura los huesos del mundo.
Los cadáveres de la roca se apilan horribles y grisáceos
y un metálico vaivén ruge iracundo.
¿Oís? Es el progreso, es el avance, quintaesencia del positivismo,
todo industria y todo él una máquina telúrica y tenaz.
Don Remo, allá lo esperan su mujer y sus dos hijos;
regrese de la mina, que ya les entra la ansiedad.
Es temprano y raya el alba. Fue un borrón la noche y el celaje.
Don Remo aún no vuelve a su familia que lo espera en casa,
su mujer no ha dormido ni un horrible instante,
y afuera, en el patio, el tenebroso gallo criollo canta.
En el zunzo seco se ha posado, en rama de macabro semblante
una hermosa urraca de naranja, de blanco y de azul patriota.
Ella es testigo de algo horrible y desconcertante,
de la muerte que gotea desde la horrenda noche clara y muerta.
Don Remo y otros tres ahora yacen sepultados bajo un pedregal,
veinte hombres aburridos, con azadones, los van buscando.
En el pueblo se leerá hoy pancartas y se azuzará citando a Marx;
para ellos, don Remo, no hay héroes, sino lacayos del ricacho...