
A una casa
No sé si merecemos las casas que habitamos,
si nos eligen ellas o las soñamos antes,
o quizás simplemente con el paso del tiempo
aprendemos amarlas.
Como esos matrimonios hechos por conveniencia
que ante el hecho imposible de tener lo soñado,
lo convierten entonces en un lugar sagrado.
Cada libro me habla de un tiempo de mi vida
y los objetos son reliquias del pasado.
Allí me hice al silencio que convive conmigo
no sé bien desde cuando,
porque tiene el silencio esa presencia cálida
que no se hace notar.
Y mi música es mía,
como es mío el bonsái,
y la orquídea mimosa que desde que te fuiste
se niega a florecer.
Y la tacita aquella que se quedó sin asa
no recuerdo el porqué,
pero aún la conservo como una amiga intima
que guarda los secretos de mis horas de insomnio
sorbiendo una tisana en las noches de espera;
porque yo siempre espero sin saber bien a quien.
Y así es como se me hizo entrañable mi casa,
por la mañana tienen ese olor a café,
y hasta siento el sabor a tarta de manzana
y entra por la ventana un aroma a jazmín.
Es por eso que hoy no quise despedirme
sin dejarle un poema
que hable de los rincones que me hicieron soñar.
¡las casas tienen vida!
Juntas hemos llorado y ahora puedo decirle:
´
Me diste la belleza de los amaneceres
y el brillo que la luna derramaba en el mar,
el rincón del romance entre el pino y la higuera.
Te llevo en mis poemas
en ti todas la musas anidaron por siempre.
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