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A una rubia con el pelo corto y una tristeza muy larga

abcd

Poeta adicto al portal
Si le quito alguno de sus huesos más largos
ella puede entrar entera en mi,
no de un bocado, tampoco es para exagerar,
pero si en un proceso lento y cuidado,
yo podría digerirla
y guardar todo lo que es ella en mi barriga
o donde sea que se deposite ella,
porque después de todo y antes de nada,
ella elige todo y a veces, elige nada también.
Y si, estoy seguro que aún dentro mío
se las ingeniara para entrar enterita en mi pecho,
para hablar, libar, o hacer ese algo que hace
y que nunca voy a entender con mi corazón.


Algunos, muchos, casi todos dirán:
"eres muy cruel, es injusto ocultar su bella tibieza fría".
Y si, lo es,
pero es necesario introducir su ser en la burbuja
y abrigar su desconsuelo, su inferioridad con el orden social que la acecha,
y guardarla, y amarla dentro mío,
es un sacrificio y no una virtud de la cual uno se sienta orgulloso.
Lo que si garantizo es un regreso bello de ella,
a ver, no dijo que el vomitar sus restos sea hermoso,
sino cuando tenga tiempo, mucho tiempo,
y al armar las valijas de sus nombres, hombres, mujeres,
ella saldrá nueva, reluciente,
virgen del ocaso instrumental de sentir y ser un sentimiento a la vez.


Ella merece paz, lo sé.
Debe dejar secar sus ojitos en un tendedero que nadie pueda alcanzar,
y hacer que ese bosque frondoso e inhumano que a veces riega y cuida
se queme por completo para que de las espinas las semillas nazcan
y tenga todo un color distinto,
que sea todo como ella lo desee, sin principios, sin final.
Y ella tiene la obligación de escucharse a si misma,
y de ser suave como un suspiro de tenue oscuridad en el cuello.


Igual, lo mejor es no consumirla,
así que las tres estrofas anteriores no son más que un adorno,
o no.
Porque aún rodeados de discordia y de satírica mal interpretación hormonal
yo la amo.
Y no la amo como esa tonalidad de promiscuo deseo,
no, es una capa de fina interpolación de auras,
es decir, aquello que toco realmente lo toco si ella lo toca
con sus pies, cabello o alma,
eso es indiferente,
la cuestión es la matemática de la sonrisa,
el porque existe eso de pertenecer y sentir paz cuando la sabes bien.
Ahora bien, la sabes mal
y todo es un erial resquebrajándose,
entonces la guillotina cae
y el alud se lleva todo,
y la lluvia moja,
y hace frío, siempre hace frío.


Es escalofriante eso de amar las imperfecciones,
que sea lenta en los chistes,
que le guste una música tan alegre como inútil,
que lloré cuando esta vacía de esperanzas,
que hable como un robot desubicado,
que le falte un brazo al abrazar,
que le duelan las hormonas en falta los domingos,
que el alcohol le robé el diccionario y los buenos gestos,
que se enamore de malos hábitos
o que tenga miedo de ser una trampa de luz,
la vuelven distinta,
germinan en mis extremidades versos,
líricas armas me rodean
y a su alrededor soy una especie de Ícaro, sin fiebre.


También cuando dice ser una piedra, la adoro,
porque cada vez que lo dice el cielo se invierte,
y yo quedo debajo de un océano con una infinidad de otras piedras,
y las lanzó con fuerzas, alguna flotará, eso deseo,
pero no, ninguna, ni las que tienen branquias, o alas,
ninguna se mantiene, y entonces arrojo la piedra que es ella,
la miró traspasar el cosmos abisal y se sostiene,
al llegar a la superficie me mira, y me advierte que va a caer si la necesito a mi lado.
Quizá toda esa idea es la metáfora menos elaborada de mi vida,
pero en su ternura metafísica inconsciente
esta el valor de lo que es ella en mi. Y punto.


Y coma, o no tanto,
que el plan de adelgazar es un estigma no literario,
y además, voy a aprender a correr otra vez.
Aumentar la resistencia corporal
hace al rostro interprete de un placebo contemporáneo.
Las caricias se venden,
las musas hincan colmillos donde los lobos ya no tienen hambre,
pero,
ya perdí el impulso, al hablar de mi la alejo de nuevo a ella.
Y ella, ella es el pecado y la inquietud del dolor,
ella es pañuelo cuando nadie se asusta conmigo
y es una cuchilla enorme cuando no se alegra conmigo.


Hace unos días debí matarla,
que es distinto a digerirla.
Debí arrancar sus ojos y jugar al cielo y al infierno con ellos,
y con sus manos tendría que haber golpeado su tristeza.
Al fin llegué al tema de la tristeza,
lo había puesto en el título y seguía enroscado en la jirafa, en eso que ve cualquiera.
Su tristeza, que es mi tristeza,
es larga, no infinita, pero si larga,
y la entiendo, y me encanta cuando es mi amiga,
y aunque los cables y los teléfonos se nos pierdan
siempre nos acurrucamos en una plaza a sembrar olvidos pasajeros.
Si yo pudiese, pequeña musa, me iría a vivir con todo lo que te pone triste,
haría el amor con mucha inverosimilitud
y soltaría cuadros, historietas, versos, historias llenas de nuevas alegrías.
Y ya, creo que alguien debe decir que termine con este poema,
porque hablar de cosas tristes no viene al caso,

es por mi bien. Lo diré yo mismo:
¡Acaba!
 

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