Évano
Libre, sin dioses.
A veces lluevo, y por el cristal resbala
mi lluvia, y crea caminos para luces y aguas
y un golpeo constante de gotas que me llevan
a recordar e inhalar el olor de la tierra
y pienso
en este universo deshecho
contemplando tanto martirio
y tanta belleza y esfuerzo
para no ser una mota más
de polvo inútil e inerte pululando
por el inocuo cosmos de la nada.
Cuando lluevo rememoro
al niño con libros cubriendo su cabeza
mientras corre y cruza y salta
las rieras y calles del barrio.
Y cuando soy tristeza y lluevo,
reproduzco
las tormentas, las noches
entre mantas, fiebres y temblores,
y rayos y relámpagos, y el amor
de la mano de mi madre aposentada en mi frente.
La mano, dedos trazando caminos
dibujados por la lluvia en los cristales
de una ventana que resiste al mundo
y a un tiempo que ya no importa ni existe.
Cuando lluevo me desnudo
y desde el balcón lanzo a la pluvia
las hojas de mis poemas
y las veo
como millones de agualuces que besan
y blanden como lanzas diminutas
las aceras frígidas por donde pasan gentes
de cuencas sin ojos y esqueletos moribundos.
Gente casi muerta por tanto esfuerzo
para destacar en este universo implacable.
Gente que quiere que sus hojas
penetren los áridos poros de la tierra
para que germine su memoria polvorienta.
Gente que no sabe
que la lluvia es uno mismo.
Gracias por leer.
Y por pensar.
mi lluvia, y crea caminos para luces y aguas
y un golpeo constante de gotas que me llevan
a recordar e inhalar el olor de la tierra
y pienso
en este universo deshecho
contemplando tanto martirio
y tanta belleza y esfuerzo
para no ser una mota más
de polvo inútil e inerte pululando
por el inocuo cosmos de la nada.
Cuando lluevo rememoro
al niño con libros cubriendo su cabeza
mientras corre y cruza y salta
las rieras y calles del barrio.
Y cuando soy tristeza y lluevo,
reproduzco
las tormentas, las noches
entre mantas, fiebres y temblores,
y rayos y relámpagos, y el amor
de la mano de mi madre aposentada en mi frente.
La mano, dedos trazando caminos
dibujados por la lluvia en los cristales
de una ventana que resiste al mundo
y a un tiempo que ya no importa ni existe.
Cuando lluevo me desnudo
y desde el balcón lanzo a la pluvia
las hojas de mis poemas
y las veo
como millones de agualuces que besan
y blanden como lanzas diminutas
las aceras frígidas por donde pasan gentes
de cuencas sin ojos y esqueletos moribundos.
Gente casi muerta por tanto esfuerzo
para destacar en este universo implacable.
Gente que quiere que sus hojas
penetren los áridos poros de la tierra
para que germine su memoria polvorienta.
Gente que no sabe
que la lluvia es uno mismo.
Gracias por leer.
Y por pensar.
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