A veces duele recordar...

manuelo

Poeta fiel al portal
Me he sentado a la rústica y vieja mesa sobrecargada de adornos camperos, y he abierto su único cajón, enorme, donde se guardaban el pan, los cubiertos, las servilletas..., y ahora esconde los cachivaches, inútiles, que nadie quiere tirar. Aún está el viejo tintero, con algo de tinta, cuyo olor recuerdo con nostalgia de aquellos tiempos duros pero felices; y el palillero rojo con su pluma, que fuera noria virtuosa, que yo introducía apenas en la superficie de ese rico y oloroso mar de tinta azul, donde estaban contenidas todas la palabras, y que salían de una en una, de dos en dos, o incluso en mayor número, conformando frases enteras. Está algo sucia y oxidada; la intentaré limpiar con agua y alcohol. ¡Lo que daría por encontrar entre estos papelotes alguno de los cuadernos que utilizaba para practicar haciendo palotes!. ¿Dónde habrá ido a parar el viejo Catón donde aprendí a leer, en un solo día, como ocurrió a mis hijos?. A mi me enseñó mi padre, las letras pequeñas; y un día, mucho después, me di cuenta, con alborozo, que también sabía leer las mayúsculas, con las que nunca me había atrevido. Iba con mi libro a todas partes, allí donde me llevara la piara de ganado que guardaba. Cuando pudo, mi papá me compró otro hermoso libro, de Geografía: ¡qué paisajes, qué lagunas, qué montañas y valles!

Está lloviendo, justo como me advirtieron: “no vayas hoy a la casa de campo, papá, porque va a llover. No hice caso. El google earth me engañó, no creí que las nubes viniesen tan rápidas: ¡ si anoche estaban en el quinto pino, en las islas Madeira!. En fin... Recuerdo que, cuando llovía, mi preocupación era que los cachorrillos recien nacidos, los perrillos, a los que cuidaban sus mamás, estuviesen bien, no les lloviese encima; creo que debían de tener un sexto sentido porque siempre hacían la cuevecita, en la paja de la almihada mirando hacia el Este, en tanto que el viento dominante (el que se aprovechaba para aventar en la era la parva de trigo) venía del Oeste. Mi Bellita no me dejaba acercarme, me enseñaba los dientes; en cambio mi Paloma me permitía cogerlos, acariciarlos... confiaba más en mí, aunque yo sólo debía tener cuatro o cinco años. Por cierto, tras la “almihada” de paja hay unas chumberas fantásticas. Me ausento un ratito y, como en los viejos tiempos, voy a coger algunos higos chumbos. ¡Qué ricos!. Buen día a todos.

almihada: montón de paja (parece un chozo alargado desde lejos) protegido de la lluvia por rastrojo trenzado...
 
Me he sentado a la rústica y vieja mesa sobrecargada de adornos camperos, y he abierto su único cajón, enorme, donde se guardaban el pan, los cubiertos, las servilletas..., y ahora esconde los cachivaches, inútiles, que nadie quiere tirar. Aún está el viejo tintero, con algo de tinta, cuyo olor recuerdo con nostalgia de aquellos tiempos duros pero felices; y el palillero rojo con su pluma, que fuera noria virtuosa, que yo introducía apenas en la superficie de ese rico y oloroso mar de tinta azul, donde estaban contenidas todas la palabras, y que salían de una en una, de dos en dos, o incluso en mayor número, conformando frases enteras. Está algo sucia y oxidada; la intentaré limpiar con agua y alcohol. ¡Lo que daría por encontrar entre estos papelotes alguno de los cuadernos que utilizaba para practicar haciendo palotes!. ¿Dónde habrá ido a parar el viejo Catón donde aprendí a leer, en un solo día, como ocurrió a mis hijos?. A mi me enseñó mi padre, las letras pequeñas; y un día, mucho después, me di cuenta, con alborozo, que también sabía leer las mayúsculas, con las que nunca me había atrevido. Iba con mi libro a todas partes, allí donde me llevara la piara de ganado que guardaba. Cuando pudo, mi papá me compró otro hermoso libro, de Geografía: ¡qué paisajes, qué lagunas, qué montañas y valles!

Está lloviendo, justo como me advirtieron: “no vayas hoy a la casa de campo, papá, porque va a llover. No hice caso. El google earth me engañó, no creí que las nubes viniesen tan rápidas: ¡ si anoche estaban en el quinto pino, en las islas Madeira!. En fin... Recuerdo que, cuando llovía, mi preocupación era que los cachorrillos recien nacidos, los perrillos, a los que cuidaban sus mamás, estuviesen bien, no les lloviese encima; creo que debían de tener un sexto sentido porque siempre hacían la cuevecita, en la paja de la almihada mirando hacia el Este, en tanto que el viento dominante (el que se aprovechaba para aventar en la era la parva de trigo) venía del Oeste. Mi Bellita no me dejaba acercarme, me enseñaba los dientes; en cambio mi Paloma me permitía cogerlos, acariciarlos... confiaba más en mí, aunque yo sólo debía tener cuatro o cinco años. Por cierto, tras la “almihada” de paja hay unas chumberas fantásticas. Me ausento un ratito y, como en los viejos tiempos, voy a coger algunos higos chumbos. ¡Qué ricos!. Buen día a todos.

almihada: montón de paja (parece un chozo alargado desde lejos) protegido de la lluvia por rastrojo trenzado...
Muy bien, querido Manuelo. Este relato de recuerdos entre las primeras letras, la paja, los cachorros y las primeras palabras, todo aderezado con una pizca de melancolía, es una buena muestra de tu gran capacidad para hilar emociones y exaltarlas.
Todo un placer de lectura.
Abrazos.
Salva.
 

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