Álex Hernández
Poeta recién llegado
Su pequeña nariz,
curiosa del aroma
a pinos altos,
se asomaba
por una rendijita,
intentando captar
el olivo
que desprendía
el armonioso
baile de vientos;
cuando la chimenea
elevaba el humo
del horno,
sin dejarse
la mínima
miga
sin hacer.
Tan bella,
en el desierto
en el que estaba;
me encontraba
contemplándola
suya en su espejo.
Ella reía
y los faros
brillaban
a lo lejos
sin intermitencias.
Tal vez,
encontrarnos sin
reconocernos
era lo nuestro;
porque podía
entenderla,
aun cuando
los silencios
y sus alfombras
tercas
de vacío
nos opacaban;
porque así
era la vida.
Pero a veces
el terciopelo
y la valentía
nos miraban
de reojo,
obsequiándonos
el maravilloso
deseo de
seguir viviéndonos.
curiosa del aroma
a pinos altos,
se asomaba
por una rendijita,
intentando captar
el olivo
que desprendía
el armonioso
baile de vientos;
cuando la chimenea
elevaba el humo
del horno,
sin dejarse
la mínima
miga
sin hacer.
Tan bella,
en el desierto
en el que estaba;
me encontraba
contemplándola
suya en su espejo.
Ella reía
y los faros
brillaban
a lo lejos
sin intermitencias.
Tal vez,
encontrarnos sin
reconocernos
era lo nuestro;
porque podía
entenderla,
aun cuando
los silencios
y sus alfombras
tercas
de vacío
nos opacaban;
porque así
era la vida.
Pero a veces
el terciopelo
y la valentía
nos miraban
de reojo,
obsequiándonos
el maravilloso
deseo de
seguir viviéndonos.