Neida C. Mina
Poeta recién llegado
ENFERMOS DE ETERNIDAD
Me sentaré a escucharte
y suspendidos los instantes
en una atmósfera de gel estarán...
como el principio de un sueño,
como un cuento lejano será.
Dentro del bosque
en algún lugar a distancia
tan perdido en el mapa
(él dijo, yo le escuché).
Vendré desde antaño
y habrá sido el comienzo,
pasado mil años desde ayer.
(Y con el silencio, yo también callé
mientras él proseguía).
No, mi corazon es bronce
una pieza compacta y fuerte
y los límites se vuelven débiles
desnutridas líneas al margen
que no pueden retenerle.
Y punto a punto tú efigie
la tinta intacta de tus ojos
limpia de dobleces y polvo
contenida en la base sólida
de su perdurable inmensidad.
(Pero yo seguía sin hablar).
Pasado, presente y futuro
en perfecta comunión...
él está,
el infinito se halla en su visión
aquellos ojos desbordantes
de eternidad y sensación.
(De pronto, una voz salió
desde mi corazón).
¿Podría abandonarme
en más que alma
sino igual en cuerpo
a la siempre perdurable
y constante inmensidad?
Acostarme a la orilla
de un extremo del silencio,
a un lado del comienzo
y compacta al inicio
de las últimas escenas
que vayan al final.
Desarmar mi cuerpo
hueso tras hueso,
quitarme la piel
y mi espíritu desnudar.
Dividir mi existencia
en piezas de un todo
con cada filamento,
y ¡Procedan luego a examinar!
En fusión adherirme
a todo lo posible,
al destino uniforme
y formar parte innata
de aquella fuerza
superior a la gravedad.
Despojarme del equilibrio
moldearme como las rocas,
y mirar lo excepcional.
Dilatar mi tiempo
era tras era,
volverme tan longeva
un millar de vidas
de una a la otra, distintas.
Y que lo indescriptible me conceda
deslizarme en el contorno
sin remedio, ni contrariedad
en la diversidad de lo singular.
En un interminable
e inagotable existir,
aquí o mas allá.
Me sentaré a escucharte
y suspendidos los instantes
en una atmósfera de gel estarán...
como el principio de un sueño,
como un cuento lejano será.
Dentro del bosque
en algún lugar a distancia
tan perdido en el mapa
(él dijo, yo le escuché).
Vendré desde antaño
y habrá sido el comienzo,
pasado mil años desde ayer.
(Y con el silencio, yo también callé
mientras él proseguía).
No, mi corazon es bronce
una pieza compacta y fuerte
y los límites se vuelven débiles
desnutridas líneas al margen
que no pueden retenerle.
Y punto a punto tú efigie
la tinta intacta de tus ojos
limpia de dobleces y polvo
contenida en la base sólida
de su perdurable inmensidad.
(Pero yo seguía sin hablar).
Pasado, presente y futuro
en perfecta comunión...
él está,
el infinito se halla en su visión
aquellos ojos desbordantes
de eternidad y sensación.
(De pronto, una voz salió
desde mi corazón).
¿Podría abandonarme
en más que alma
sino igual en cuerpo
a la siempre perdurable
y constante inmensidad?
Acostarme a la orilla
de un extremo del silencio,
a un lado del comienzo
y compacta al inicio
de las últimas escenas
que vayan al final.
Desarmar mi cuerpo
hueso tras hueso,
quitarme la piel
y mi espíritu desnudar.
Dividir mi existencia
en piezas de un todo
con cada filamento,
y ¡Procedan luego a examinar!
En fusión adherirme
a todo lo posible,
al destino uniforme
y formar parte innata
de aquella fuerza
superior a la gravedad.
Despojarme del equilibrio
moldearme como las rocas,
visitar lo que está oculto
escuchar su misterioy mirar lo excepcional.
Dilatar mi tiempo
era tras era,
volverme tan longeva
un millar de vidas
de una a la otra, distintas.
Y que lo indescriptible me conceda
deslizarme en el contorno
sin remedio, ni contrariedad
en la diversidad de lo singular.
En un interminable
e inagotable existir,
aquí o mas allá.