Ya no te recuerdo sabes, me refiero como antes, cuando dolías como espina debajo de la uña; hoy vuelves cada vez que vacío mi billetera en esa pequeña fotografía de carné que te tomaste en el fotoshop del hipermercado camino a casa. Decía que te apareces y justamente detrás de un preservativo que de tanto esperar por una oportunidad se venció y quedó guardado quizás por pereza de tirarlo o como señal de la última vez que estuvimos juntos y que no pude usarlo.
Y no pude usarlo, no porque no hayamos tenido deseos aquella siesta de verano, sino porque en ese preciso instante se te ocurrió decirme que no me amabas, que estabas solamente por costumbre, que hasta te daba pena decírmelo total para vos era lo mismo quererme o no, de igual manera sólo querías estar conmigo, no tenías a donde ir.
Tuvo que ser precisamente en ese momento cuando mis deseos estaban más ardientes que la siesta, y sabiendo como era yo seguramente no podrías quedarte. Y así fue, te pedí que te fueras sin importar si el asfalto estaba quemando lagartijas, adentro el frío congelaba las paredes y las cervezas sobre la mesa de luz transpiraban vidrios.
Hoy regresando a casa, divagando sobre tu paso por mi vida, sentí el peso de mi billetera en el bolsillo trasero de mi pantalón, la tomé y la abrí buscando tu fotografía y vi al condón que de tanto pasearlo se asomaba por una esquina del ajado sobre; miré tu foto y mi cabeza explotó de recuerdos cuando hicimos el amor sobre el asiento trasero del automovil. La billetera regresó al bolsillo y seguí caminando, era otra siesta calurosa como aquella.
Una suave brisa acariciaba sobre el asfalto caliente a un preservativo anudado con una foto adentro, quizás resultado de un amor que acabó muriendo.