Las acequias se inclinan sin ningún pudor en el remanso calmo, donde se respira aroma fenomenal de naturaleza en calma. La luna y las estrellas iluminan el río cuyo cauce lleva cofres de oro. Directo va hacia el afluente donde la pura majestad de la mortandad espera. Y mientras, un susurro apenas audible por parte de las almas de los pinos se cuela en los oídos finos de la fresca rosa que arranca huraño el puño de un pastor. Ciego en sus ojos glaucos, pero percibiendo con el sentido infatigable del corazón. Entonces, los cimientos del bosque se tambalean de horror. Y los cielos se abren para engullir a la vía láctea. Quedando sólo la estrella vespertina. Sin sol ni luna ni estrellas. Sólo un silencio que lacera en lo más hondo del espíritu al solitario y huraño pastor.