Dertodesking
Poeta recién llegado
en invierno,
los amaneceres eran distantes, como muchos otros,
y mientras caminaba hacia la escuela, miraba el viento meciendo los cables telefónicos,
como los hilos de tinta que ese mismo día recorrerían mi cuaderno
en primavera,
despertaba con la nariz enrojecida y los ojos llorosos,
y en el camino al colegio, tosía en desacompasado ritmo mientras el polen caía
y teñía amarillas las suelas de mis zapatos
en verano,
pedaleábamos hacia la playa bajo un sol sarraceno,
y bajo la sombra de nuestras sombrillas, abríamos fiambreras con tortillas y bocadillos
hasta que el azul claro daba paso al naranja, y luego al índigo azabache
en otoño,
discutía con mis padres
porque no quería llevar jerséis, suéteres o abrigos de lana
y, a regañadientes, el crujido de las hojas se extendía hasta el patio de la escuela
el invierno llegó otra vez,
con mi aliento límpido flotando en cada exhalación,
con las estufas eléctricas encareciendo la factura de la luz
y con los copos de nieve deslizándose hacia el asfalto como pétalos de cerezo
Entonces fue cuando extendí mi mano hacia la tuya por primera vez;
cuando entendí por qué nuestros padres
me obligaban a hablarte bien,
a dejar de culparte y gritar que eras un error,
a dejar de romper las muñecas
que mi madre te regalaba en el día de los Reyes Magos,
y a dejar de envidiar el amor desmedido que perdí cuando llegaste…
siempre estuviste
con nosotros,
aunque nunca quise reconocerlo,
y ahora sé que mis disculpas
no servirán de nada,
porque en un mes
nunca podré arreglar lo que he roto durante cinco años
los amaneceres eran distantes, como muchos otros,
y mientras caminaba hacia la escuela, miraba el viento meciendo los cables telefónicos,
como los hilos de tinta que ese mismo día recorrerían mi cuaderno
en primavera,
despertaba con la nariz enrojecida y los ojos llorosos,
y en el camino al colegio, tosía en desacompasado ritmo mientras el polen caía
y teñía amarillas las suelas de mis zapatos
en verano,
pedaleábamos hacia la playa bajo un sol sarraceno,
y bajo la sombra de nuestras sombrillas, abríamos fiambreras con tortillas y bocadillos
hasta que el azul claro daba paso al naranja, y luego al índigo azabache
en otoño,
discutía con mis padres
porque no quería llevar jerséis, suéteres o abrigos de lana
y, a regañadientes, el crujido de las hojas se extendía hasta el patio de la escuela
el invierno llegó otra vez,
con mi aliento límpido flotando en cada exhalación,
con las estufas eléctricas encareciendo la factura de la luz
y con los copos de nieve deslizándose hacia el asfalto como pétalos de cerezo
Entonces fue cuando extendí mi mano hacia la tuya por primera vez;
cuando entendí por qué nuestros padres
me obligaban a hablarte bien,
a dejar de culparte y gritar que eras un error,
a dejar de romper las muñecas
que mi madre te regalaba en el día de los Reyes Magos,
y a dejar de envidiar el amor desmedido que perdí cuando llegaste…
siempre estuviste
con nosotros,
aunque nunca quise reconocerlo,
y ahora sé que mis disculpas
no servirán de nada,
porque en un mes
nunca podré arreglar lo que he roto durante cinco años