Pasajero de barro
Poeta recién llegado
La primera vez que la vio pasar fue de pura casualidad, podríamos decir que fue un accidente. Acababa de hacerse un té y caminaba sin rumbo por la sala. Cuando, inducido tan solo por el aburrimiento, se acercó a mirar por la ventana y entonces vio a la chica del departamento de enfrente que al parece acababa de salir del baño, e iba y venía por la casa con nada más que una toalla que al parecer no hacía su mejor esfuerzo por cubrir convenientemente la esbelta figura de la muchacha.
De la vergüenza Joaquín González se apresuró a esconderse tras la cortina. Y desde allí, asomando apenas al costado este de la ventana observó en absoluto silencio a aquella hermosa mujer.
La segunda vez que la vio fue aún más patética que la primera. Hacía rato que el señor González se paseaba con su té por la sala, impaciente. Cuando por fin ella apareció González ya había perdido casi toda esperanza de volver a verla y estudiaba la idea de sentarse en el sillón gris a buscar algo interesante en la tele, la cual había permanecido todo ese tiempo con el sonido al mínimo.
Creo que fue en el cuarto o quinto encuentro cuando ella ya no llevaba la toalla, aunque sí vestía una pequeña vedetina rosa. Esa vez Joaquín González llegó tarde a su hogar. Casi sobre la hora alcanzó a terminar de prepararse el té. Tal fue la sorpresa de ver esos pechos al desnudo que olvidó por completo aquella infusión. La cual notó helada cuando la probó por primera vez, apenas hubo finalizado el tan esperado espectáculo.
Los encuentros siguientes fueron similares a estos. Solamente una vez el señor González se empilchó como corresponde a un caballero. Y con el rostro afeitado, un correcto peinado y el té en la mano se detuvo de pie delante de la ventana esperando algún tipo de milagro.
Imaginaba para sus adentros la siguiente escena. Ella lo vería ahí parado, inmóvil, frente a la ventana. El fingiría sorpresa.
Ella diría: Hola.
El devolvería el saludo: Hola señorita, disculpe esta situación. Sepa que me avergüenza en sobremanera.
Ella respondería: Para nada señor, discúlpeme usted a mí.
Él le ofrecería un té y ella aceptaría, pero con la única condición de que lo tomaran en su departamento, ya que no iría a salir a la calle desnuda como estaba.
Aquel día la chica apareció secándose el pelo rojizo, vestida tan solo con una vedetina, también de color rojo. Y como era constante en todos los encuentros no reparó en la presencia del hombre que esperaba al otro lado de la calle.
Una tarde un amigo del señor González llegó de visita a la ciudad. Y como era costumbre de ambos acordaron el encontrarse a tomar un café y charlar de cosas que no tenían en verdad la más mínima relevancia. El señor González cerró las persianas, apagó las luces y partió al encuentro.
Esa misma tarde la joven pelirroja dejó el cuarto de baño completamente desnuda, sin siquiera una hoja de parra cubriéndole el pubis angelical. Pero no había nadie al otro lado de la calle. Ella volteó y vio cerradas las persianas del departamento del señor González. Fue tanta la angustia que la invadió que se sentó en el sillón de su sala y lloró por un buen par de horas.
Personajes de la prosa ilustrados por Fernando Kern
Este cuento apareció por primera vez en la publicación La Percanta
De la vergüenza Joaquín González se apresuró a esconderse tras la cortina. Y desde allí, asomando apenas al costado este de la ventana observó en absoluto silencio a aquella hermosa mujer.
La segunda vez que la vio fue aún más patética que la primera. Hacía rato que el señor González se paseaba con su té por la sala, impaciente. Cuando por fin ella apareció González ya había perdido casi toda esperanza de volver a verla y estudiaba la idea de sentarse en el sillón gris a buscar algo interesante en la tele, la cual había permanecido todo ese tiempo con el sonido al mínimo.
Creo que fue en el cuarto o quinto encuentro cuando ella ya no llevaba la toalla, aunque sí vestía una pequeña vedetina rosa. Esa vez Joaquín González llegó tarde a su hogar. Casi sobre la hora alcanzó a terminar de prepararse el té. Tal fue la sorpresa de ver esos pechos al desnudo que olvidó por completo aquella infusión. La cual notó helada cuando la probó por primera vez, apenas hubo finalizado el tan esperado espectáculo.
Los encuentros siguientes fueron similares a estos. Solamente una vez el señor González se empilchó como corresponde a un caballero. Y con el rostro afeitado, un correcto peinado y el té en la mano se detuvo de pie delante de la ventana esperando algún tipo de milagro.
Imaginaba para sus adentros la siguiente escena. Ella lo vería ahí parado, inmóvil, frente a la ventana. El fingiría sorpresa.
Ella diría: Hola.
El devolvería el saludo: Hola señorita, disculpe esta situación. Sepa que me avergüenza en sobremanera.
Ella respondería: Para nada señor, discúlpeme usted a mí.
Él le ofrecería un té y ella aceptaría, pero con la única condición de que lo tomaran en su departamento, ya que no iría a salir a la calle desnuda como estaba.
Aquel día la chica apareció secándose el pelo rojizo, vestida tan solo con una vedetina, también de color rojo. Y como era constante en todos los encuentros no reparó en la presencia del hombre que esperaba al otro lado de la calle.
Una tarde un amigo del señor González llegó de visita a la ciudad. Y como era costumbre de ambos acordaron el encontrarse a tomar un café y charlar de cosas que no tenían en verdad la más mínima relevancia. El señor González cerró las persianas, apagó las luces y partió al encuentro.
Esa misma tarde la joven pelirroja dejó el cuarto de baño completamente desnuda, sin siquiera una hoja de parra cubriéndole el pubis angelical. Pero no había nadie al otro lado de la calle. Ella volteó y vio cerradas las persianas del departamento del señor González. Fue tanta la angustia que la invadió que se sentó en el sillón de su sala y lloró por un buen par de horas.
Personajes de la prosa ilustrados por Fernando Kern
Este cuento apareció por primera vez en la publicación La Percanta
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