Antomar Alas
Poeta recién llegado
Ya me marcho, espejo de mis ansias.
Te digo adiós, quebrada vacía,
de troncos tripulantes, de serpientes aventureras,
que se deslizan por doquier:
tragando tierra, tragando vida.
Aquí conocí al amigo, al amigo del millón,
del aro y del recuerdo.
Al cual no le di bocado, ni trago;
al cual no le di nada,
porque carecía;
en cambio él me lo dio todo con un gesto:
remando al río “vientoso”
con su cándida cola.
También aquí, conocí al blanco niño;
que me enseño la chorrera del arisco lempa.
Vi a la niña del casi rubio andar, que me dijo:
¿son ellos escueleros?
Y al otro, el muy moreno,
que no parecía muy su tío.
“Pobrecitos los garrobos”, profirió al oído.
Hoy si me marcho río seco, río húmedo;
dejando aquí una porcioncita de mi vida;
llevando conmigo no más que los recuerdos,
y quizá unas plantas
y una serpiente.
Te digo adiós, quebrada vacía,
de troncos tripulantes, de serpientes aventureras,
que se deslizan por doquier:
tragando tierra, tragando vida.
Aquí conocí al amigo, al amigo del millón,
del aro y del recuerdo.
Al cual no le di bocado, ni trago;
al cual no le di nada,
porque carecía;
en cambio él me lo dio todo con un gesto:
remando al río “vientoso”
con su cándida cola.
También aquí, conocí al blanco niño;
que me enseño la chorrera del arisco lempa.
Vi a la niña del casi rubio andar, que me dijo:
¿son ellos escueleros?
Y al otro, el muy moreno,
que no parecía muy su tío.
“Pobrecitos los garrobos”, profirió al oído.
Hoy si me marcho río seco, río húmedo;
dejando aquí una porcioncita de mi vida;
llevando conmigo no más que los recuerdos,
y quizá unas plantas
y una serpiente.
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