La flor de otoño se reseca silenciosamente mientras tú,afamado poeta,cuentas las gotas de rocío que apenas caen de la nube furtiva que obscurece en sólo un instante al pálido sol.Caminas por la senda del empolvado camino que lleva a la beatitud sagrada.Pero no te das cuenta que tu espectro te sigue sigiloso,mientras la risa del crepúsculo ya cae con fuerza sobre los campos de maíz.Cuando te cansas,te sientas en una roca granítica,haciendo compañía a un noble pensador cuya filosofía es dejar pasar el tiempo como si fuese una sombra blasfema que se diluye bajo los rayos siderales de las enanas estrellas de engastado cuarzo.Entonces,lleno ya de sabiduría,te levantas soberbio e intentas asir con tus manos robustas al lucero de la noche.Pero éste se disipa en un eco calamitoso que te hace enloquecer.¡Oh!afamado poeta,la vil desgracia ha caído sobre ti.Ahora tienes que tantear con el sexto sentido de la noble intuición especulativa el destino fúnebre que tiene guardado para ti un corazón desgarrado por la inclemencia furibunda de los dioses.