Llegó el otoño
sin tener en cuenta al almanaque;
se posan suaves
las hojas del ciruelo en el suelo,
la luz se hizo plomiza,
blanca casi,
y sin haberme metido en el verano
veo las tristes nubes
pasear el cielo de mi calle.
Se tornan las parras rojas
y, fieles al cielo,
los grajillos bulliciosos se apiñan
sobre el nogal viejo.
Me canta su canción el silencio
la mayor de las veces serena y complaciente,
pero hay tardes que se desliza triste
entre mi corazón y mi mente.
A chocolate me sueña la cocina
a calor la vela de mi mesa
y tenaz sobre mi falda duerme
la muda compañera de mis tardes,
ronroneando apenas entre mis manos,
entornando los ojos para verme.
Mi ánimo se despereza y sale
para llenar la calle con mis pasos
acoplándolo al ritmo de las gentes,
ausente de las personas
y enganchada la mirada
en los geranios, los árboles,
la verde vida
que silenciosa me atiende.
sin tener en cuenta al almanaque;
se posan suaves
las hojas del ciruelo en el suelo,
la luz se hizo plomiza,
blanca casi,
y sin haberme metido en el verano
veo las tristes nubes
pasear el cielo de mi calle.
Se tornan las parras rojas
y, fieles al cielo,
los grajillos bulliciosos se apiñan
sobre el nogal viejo.
Me canta su canción el silencio
la mayor de las veces serena y complaciente,
pero hay tardes que se desliza triste
entre mi corazón y mi mente.
A chocolate me sueña la cocina
a calor la vela de mi mesa
y tenaz sobre mi falda duerme
la muda compañera de mis tardes,
ronroneando apenas entre mis manos,
entornando los ojos para verme.
Mi ánimo se despereza y sale
para llenar la calle con mis pasos
acoplándolo al ritmo de las gentes,
ausente de las personas
y enganchada la mirada
en los geranios, los árboles,
la verde vida
que silenciosa me atiende.