kalkbadan
Poeta que considera el portal su segunda casa
AGUA
No es posible la vida sin el agua,
y el agua, al parecer, llegó hasta este óvulo azul
a lomos de asteroides que, por cierto,
riman en consonante con espermatozoides.
Pero…, ¿y a estos asteroides quién los aguó?
Entiendo que recibirían el impacto, a su vez,
de otros asteroides más pequeñitos
y así, sucesivamente, llegaríamos
hasta ese mini asteroide primordial.
O sea que dios eyaculó mini asteroides
que fueron agrupándose en virtud
de una coalescencia celestial
hasta conformar aquella lluvia divina
de asteroides espermatozoides.
Más allá del asteroide primordial no hay nada,
o lo hay todo, más bien…
Porque la simiente de dios siempre fue la nada.
Esa nada sería la página de cortesía
de este esquivo relato natural.
Y entretanto, nosotros, vamos alimentando el mito
entre vacíos y antimaterias.
Somos los cuentacuentos
de nuestra propia ciencia
ficción.
Pero a lo que iba, después de la corrida universal
la vida fue prosperando poco a poco hasta que tuvo lugar
aquel desafortunado desencuentro
en el que un mono ugandés
le soltó a un mono tanzano
aquello de que «¡¡tú no sabes con quién estás hablando,
pedazo de gilipollas!!»
Y esta frase, cambio el sino de aquel mono humanoide
para siempre.
De aquella mutada disputa
se irguió el animal más cabronazo
que jamás había conocido ningún multiverso.
Y esa fue la gota que colmó el vaso.
Y dios empezó a cuestionar seriamente
el agua y su acto creador,
y de que era inviable
lograr una solución amable para la vida.
Le diagnosticaron colesterol —del malo— muy alto,
y estrés crónico. Se emborrachaba más de la cuenta
y gritaba cosas como que el jodido principio antrópico
debería expresarse como que el universo debe ser tal
que admita la creación de monos psicópatas
que acaben con todo en algún momento.
Y el terapeuta, al verlo con un pie en el abismo, le recomendó
que se humanizase ante esa panda caníbal,
allá en su propia casa, y que les hiciera saber,
aguantándoles la mirada, que no tenían perdón de dios.
Y mientras se acicalaba frente al espejo de un planeta
antes de partir hacia nuestro Magaluf cósmico,
se repetía aquella frase de Napoleón:
«empiezo esperando lo peor».
Cuentan que vieron a dios
de ronda por las tabernas de Tetuán
tomando unos vermús con Sergio Ituero.
Se trata de un poeta
que sabe muy bien de qué va la vida.
Sergio, guiñándole el ojo,
le comentaba que era de cajón
que de una sustancia tan cáustica,
tan enervante, tan «sin», como el agua
no saliese nada bueno.
Y le recomendó
que se tomase la vida con más cuerpo.
Que no abandonase su nada
para los luegos de mierda.
Que confrontase la textura de su piel
con otras pieles y aprovechase su boca
para libar la saliva lubricante
de las miradas que te quieran comer bien.
Y al caer la tarde se zambulleron
gastroenterológicamente en el agua bendita
de un mar de ballantines cola.
Los parroquianos de Malasaña
afirmaron haber visto a la prismática Sofía Idoia
charlando con dios. Esta lo animaba
a que se dejase de tanta cháchara paternalista
y ejerciera su divinidad con la brocha de su ser.
¡a ver si lo entiendes, dios!: tú o nunca.
Y, de paso, le pidió que le echase una mano
para buscar unos cartones por los contenedores del barrio
para embalar y proteger los cuadros de su vida.
Un chaval galáctico llamado Marco Vacío
le invitó a dios a que pensase por sí mismo,
dudando sobre todo de sí mismo,
y que tomase rendida distancia, para ello, de su obra.
Dios, perplejo, le balbuceó que si dudaba de él
que… qué sería de nosotros,
a lo que Marco le contestó
que eso ya
era asunto suyo.
El sabio de Juanlu Mora
le improvisó un palíndromo infinito
que se remontaba al inicio de los inicios de los inicios…
Y en ese punto final del principio,
dios pudo comprenderse y darse cuenta
que, aunque todo pierda su sentido de ser,
a pesar de la mancha y su peso,
siempre hay una senda que se vuelve hacia a ti
para así poder volver a empezar
de nuevo.
El delicado modo vibrante de Javier Gijón le hizo saber a dios
que debía abandonar el ideal de una verdad que no fuera honesta
con el cesto de mimbre que custodia las frutas
de nuestro propio árbol.
Sergio Sanz le copleó
que a pesar de que tropecemos una y otra vez
como tropiezan los ciempiés
llegará el día en que dejemos atrás
las cien piedras del camino.
Andrés Sudón y Marta Plumilla
le canturrearon al oído
geometrías desconocidas para él.
Una nana nocturna que hablaba
de ti, de mí, de nosotros…,
de dios.
Ernesto le arrojó el catártico confeti
de su cadáver exquisito
—ahora más vivo que nunca—.
Y Camilo Crespo le escribió una fabulosa crónica
de sus encuentros con aquellos apóstoles de la luz,
tan sabios todos ellos, a su modo,
en el arte de amar.
Y nadie más volvió ya a saber de él.
Solo una persona, llamada Julián,
aseguró haber visto a dios paseando
una madrugada por la calle Libertad,
mientras murmuraba algo así como que
en el doloroso desfiladero del humano
aún se escuchaba entre sus rocas
el agua enamorada correr.
El agua enamorada correr…
El agua enamorada, compañeros.
Esa agua enamorada, maldita sea,
sanaría nuestras grietas,
y no nos damos cuenta…
No tenemos que desearnos, ¡qué va!,
¡tenemos que amarnos!,
¡es lo único que brota de nuestro manantial!,
¡es lo único verdaderamente nuestro!
El amor... Nada más que el amor
—bien lo sabe dios—
podrá llegar
Kalkbadan
Madrid, 2 de octubre de 2023
No es posible la vida sin el agua,
y el agua, al parecer, llegó hasta este óvulo azul
a lomos de asteroides que, por cierto,
riman en consonante con espermatozoides.
Pero…, ¿y a estos asteroides quién los aguó?
Entiendo que recibirían el impacto, a su vez,
de otros asteroides más pequeñitos
y así, sucesivamente, llegaríamos
hasta ese mini asteroide primordial.
O sea que dios eyaculó mini asteroides
que fueron agrupándose en virtud
de una coalescencia celestial
hasta conformar aquella lluvia divina
de asteroides espermatozoides.
Más allá del asteroide primordial no hay nada,
o lo hay todo, más bien…
Porque la simiente de dios siempre fue la nada.
Esa nada sería la página de cortesía
de este esquivo relato natural.
Y entretanto, nosotros, vamos alimentando el mito
entre vacíos y antimaterias.
Somos los cuentacuentos
de nuestra propia ciencia
ficción.
Pero a lo que iba, después de la corrida universal
la vida fue prosperando poco a poco hasta que tuvo lugar
aquel desafortunado desencuentro
en el que un mono ugandés
le soltó a un mono tanzano
aquello de que «¡¡tú no sabes con quién estás hablando,
pedazo de gilipollas!!»
Y esta frase, cambio el sino de aquel mono humanoide
para siempre.
De aquella mutada disputa
se irguió el animal más cabronazo
que jamás había conocido ningún multiverso.
Y esa fue la gota que colmó el vaso.
Y dios empezó a cuestionar seriamente
el agua y su acto creador,
y de que era inviable
lograr una solución amable para la vida.
Le diagnosticaron colesterol —del malo— muy alto,
y estrés crónico. Se emborrachaba más de la cuenta
y gritaba cosas como que el jodido principio antrópico
debería expresarse como que el universo debe ser tal
que admita la creación de monos psicópatas
que acaben con todo en algún momento.
Y el terapeuta, al verlo con un pie en el abismo, le recomendó
que se humanizase ante esa panda caníbal,
allá en su propia casa, y que les hiciera saber,
aguantándoles la mirada, que no tenían perdón de dios.
Y mientras se acicalaba frente al espejo de un planeta
antes de partir hacia nuestro Magaluf cósmico,
se repetía aquella frase de Napoleón:
«empiezo esperando lo peor».
Cuentan que vieron a dios
de ronda por las tabernas de Tetuán
tomando unos vermús con Sergio Ituero.
Se trata de un poeta
que sabe muy bien de qué va la vida.
Sergio, guiñándole el ojo,
le comentaba que era de cajón
que de una sustancia tan cáustica,
tan enervante, tan «sin», como el agua
no saliese nada bueno.
Y le recomendó
que se tomase la vida con más cuerpo.
Que no abandonase su nada
para los luegos de mierda.
Que confrontase la textura de su piel
con otras pieles y aprovechase su boca
para libar la saliva lubricante
de las miradas que te quieran comer bien.
Y al caer la tarde se zambulleron
gastroenterológicamente en el agua bendita
de un mar de ballantines cola.
Los parroquianos de Malasaña
afirmaron haber visto a la prismática Sofía Idoia
charlando con dios. Esta lo animaba
a que se dejase de tanta cháchara paternalista
y ejerciera su divinidad con la brocha de su ser.
¡a ver si lo entiendes, dios!: tú o nunca.
Y, de paso, le pidió que le echase una mano
para buscar unos cartones por los contenedores del barrio
para embalar y proteger los cuadros de su vida.
Un chaval galáctico llamado Marco Vacío
le invitó a dios a que pensase por sí mismo,
dudando sobre todo de sí mismo,
y que tomase rendida distancia, para ello, de su obra.
Dios, perplejo, le balbuceó que si dudaba de él
que… qué sería de nosotros,
a lo que Marco le contestó
que eso ya
era asunto suyo.
El sabio de Juanlu Mora
le improvisó un palíndromo infinito
que se remontaba al inicio de los inicios de los inicios…
Y en ese punto final del principio,
dios pudo comprenderse y darse cuenta
que, aunque todo pierda su sentido de ser,
a pesar de la mancha y su peso,
siempre hay una senda que se vuelve hacia a ti
para así poder volver a empezar
de nuevo.
El delicado modo vibrante de Javier Gijón le hizo saber a dios
que debía abandonar el ideal de una verdad que no fuera honesta
con el cesto de mimbre que custodia las frutas
de nuestro propio árbol.
Sergio Sanz le copleó
que a pesar de que tropecemos una y otra vez
como tropiezan los ciempiés
llegará el día en que dejemos atrás
las cien piedras del camino.
Andrés Sudón y Marta Plumilla
le canturrearon al oído
geometrías desconocidas para él.
Una nana nocturna que hablaba
de ti, de mí, de nosotros…,
de dios.
Ernesto le arrojó el catártico confeti
de su cadáver exquisito
—ahora más vivo que nunca—.
Y Camilo Crespo le escribió una fabulosa crónica
de sus encuentros con aquellos apóstoles de la luz,
tan sabios todos ellos, a su modo,
en el arte de amar.
Y nadie más volvió ya a saber de él.
Solo una persona, llamada Julián,
aseguró haber visto a dios paseando
una madrugada por la calle Libertad,
mientras murmuraba algo así como que
en el doloroso desfiladero del humano
aún se escuchaba entre sus rocas
el agua enamorada correr.
El agua enamorada correr…
El agua enamorada, compañeros.
Esa agua enamorada, maldita sea,
sanaría nuestras grietas,
y no nos damos cuenta…
No tenemos que desearnos, ¡qué va!,
¡tenemos que amarnos!,
¡es lo único que brota de nuestro manantial!,
¡es lo único verdaderamente nuestro!
El amor... Nada más que el amor
—bien lo sabe dios—
podrá llegar
a salvarnos.
Kalkbadan
Madrid, 2 de octubre de 2023
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