Agua

kalkbadan

Poeta que considera el portal su segunda casa
AGUA

No es posible la vida sin el agua,
y el agua, al parecer, llegó hasta este óvulo azul
a lomos de asteroides que, por cierto,
riman en consonante con espermatozoides.
Pero…, ¿y a estos asteroides quién los aguó?
Entiendo que recibirían el impacto, a su vez,
de otros asteroides más pequeñitos
y así, sucesivamente, llegaríamos
hasta ese mini asteroide primordial.

O sea que dios eyaculó mini asteroides
que fueron agrupándose en virtud
de una coalescencia celestial
hasta conformar aquella lluvia divina
de asteroides espermatozoides.

Más allá del asteroide primordial no hay nada,
o lo hay todo, más bien…
Porque la simiente de dios siempre fue la nada.
Esa nada sería la página de cortesía
de este esquivo relato natural.
Y entretanto, nosotros, vamos alimentando el mito
entre vacíos y antimaterias.
Somos los cuentacuentos
de nuestra propia ciencia
ficción.

Pero a lo que iba, después de la corrida universal
la vida fue prosperando poco a poco hasta que tuvo lugar
aquel desafortunado desencuentro
en el que un mono ugandés
le soltó a un mono tanzano
aquello de que «¡¡tú no sabes con quién estás hablando,
pedazo de gilipollas!!»

Y esta frase, cambio el sino de aquel mono humanoide
para siempre.
De aquella mutada disputa
se irguió el animal más cabronazo
que jamás había conocido ningún multiverso.
Y esa fue la gota que colmó el vaso.

Y dios empezó a cuestionar seriamente
el agua y su acto creador,
y de que era inviable
lograr una solución amable para la vida.

Le diagnosticaron colesterol —del malo— muy alto,
y estrés crónico. Se emborrachaba más de la cuenta
y gritaba cosas como que el jodido principio antrópico
debería expresarse como que el universo debe ser tal
que admita la creación de monos psicópatas
que acaben con todo en algún momento.

Y el terapeuta, al verlo con un pie en el abismo, le recomendó
que se humanizase ante esa panda caníbal,
allá en su propia casa, y que les hiciera saber,
aguantándoles la mirada, que no tenían perdón de dios.

Y mientras se acicalaba frente al espejo de un planeta
antes de partir hacia nuestro Magaluf cósmico,
se repetía aquella frase de Napoleón:
«empiezo esperando lo peor».


Cuentan que vieron a dios
de ronda por las tabernas de Tetuán
tomando unos vermús con Sergio Ituero.
Se trata de un poeta
que sabe muy bien de qué va la vida.
Sergio, guiñándole el ojo,
le comentaba que era de cajón
que de una sustancia tan cáustica,
tan enervante, tan «sin», como el agua
no saliese nada bueno.
Y le recomendó
que se tomase la vida con más cuerpo.
Que no abandonase su nada
para los luegos de mierda.
Que confrontase la textura de su piel
con otras pieles y aprovechase su boca
para libar la saliva lubricante
de las miradas que te quieran comer bien.
Y al caer la tarde se zambulleron
gastroenterológicamente en el agua bendita
de un mar de ballantines cola.

Los parroquianos de Malasaña
afirmaron haber visto a la prismática Sofía Idoia
charlando con dios. Esta lo animaba
a que se dejase de tanta cháchara paternalista
y ejerciera su divinidad con la brocha de su ser.
¡a ver si lo entiendes, dios!: tú o nunca.
Y, de paso, le pidió que le echase una mano
para buscar unos cartones por los contenedores del barrio
para embalar y proteger los cuadros de su vida.

Un chaval galáctico llamado Marco Vacío
le invitó a dios a que pensase por sí mismo,
dudando sobre todo de sí mismo,
y que tomase rendida distancia, para ello, de su obra.
Dios, perplejo, le balbuceó que si dudaba de él
que… qué sería de nosotros,
a lo que Marco le contestó
que eso ya
era asunto suyo.

El sabio de Juanlu Mora
le improvisó un palíndromo infinito
que se remontaba al inicio de los inicios de los inicios…
Y en ese punto final del principio,
dios pudo comprenderse y darse cuenta
que, aunque todo pierda su sentido de ser,
a pesar de la mancha y su peso,
siempre hay una senda que se vuelve hacia a ti
para así poder volver a empezar
de nuevo.

El delicado modo vibrante de Javier Gijón le hizo saber a dios
que debía abandonar el ideal de una verdad que no fuera honesta
con el cesto de mimbre que custodia las frutas
de nuestro propio árbol.

Sergio Sanz le copleó
que a pesar de que tropecemos una y otra vez
como tropiezan los ciempiés
llegará el día en que dejemos atrás
las cien piedras del camino.

Andrés Sudón y Marta Plumilla
le canturrearon al oído
geometrías desconocidas para él.
Una nana nocturna que hablaba
de ti, de mí, de nosotros…,
de dios.

Ernesto le arrojó el catártico confeti
de su cadáver exquisito
—ahora más vivo que nunca—.

Y Camilo Crespo le escribió una fabulosa crónica
de sus encuentros con aquellos apóstoles de la luz,
tan sabios todos ellos, a su modo,
en el arte de amar.

Y nadie más volvió ya a saber de él.
Solo una persona, llamada Julián,
aseguró haber visto a dios paseando
una madrugada por la calle Libertad,
mientras murmuraba algo así como que
en el doloroso desfiladero del humano
aún se escuchaba entre sus rocas
el agua enamorada correr.

El agua enamorada correr…
El agua enamorada, compañeros.

Esa agua enamorada, maldita sea,
sanaría nuestras grietas,
y no nos damos cuenta…
No tenemos que desearnos, ¡qué va!,
¡tenemos que amarnos!,
¡es lo único que brota de nuestro manantial!,
¡es lo único verdaderamente nuestro!

El amor... Nada más que el amor
—bien lo sabe dios—

podrá llegar

a salvarnos.​



Kalkbadan
Madrid, 2 de octubre de 2023
 
Última edición:
AGUA

No es posible la vida sin el agua,
y el agua, al parecer, llegó hasta este óvulo azul
a lomos de asteroides que, por cierto,
riman en consonante con espermatozoides.
Pero…, ¿y a estos asteroides quién los aguó?
Entiendo que recibirían el impacto, a su vez,
de otros asteroides más pequeñitos
y así, sucesivamente, llegaríamos
hasta ese mini asteroide primordial.

O sea que dios eyaculó mini asteroides
que fueron agrupándose en virtud
de una coalescencia celestial
hasta conformar aquella lluvia divina
de asteroides espermatozoides.

Más allá del asteroide primordial no hay nada,
o lo hay todo, más bien…
Porque la simiente de dios siempre fue la nada.
Esa nada sería la página de cortesía
de este esquivo relato natural.
Y entretanto, nosotros, vamos alimentando el mito
entre vacíos y antimaterias.
Somos los cuentacuentos
de nuestra propia ciencia
ficción.

Pero a lo que iba, después de la corrida universal
la vida fue prosperando poco a poco hasta que tuvo lugar
aquel desafortunado desencuentro
en el que un mono ugandés
le soltó a un mono tanzano
aquello de que «¡¡tú no sabes con quién estás hablando,
pedazo de gilipollas!!»

Y esta frase, cambio el sino de aquel mono humanoide
para siempre.
De aquella mutada disputa
se irguió el animal más cabronazo
que jamás había conocido ningún multiverso.
Y esa fue la gota que colmó el vaso.

Y dios empezó a cuestionar seriamente
el agua y su acto creador,
y de que era inviable
lograr una solución amable para la vida.

Le diagnosticaron colesterol —del malo— muy alto,
y estrés crónico. Se emborrachaba más de la cuenta
y gritaba cosas como que el jodido principio antrópico
debería expresarse como que el universo debe ser tal
que admita la creación de monos psicópatas
que acaben con todo en algún momento.

Y el terapeuta, al verlo con un pie en el abismo, le recomendó
que se humanizase ante esa panda caníbal,
allá en su propia casa, y que les hiciera saber,
aguantándoles la mirada, que no tenían perdón de dios.

Y mientras se acicalaba frente al espejo de un planeta
antes de partir hacia nuestro Magaluf cósmico,
se repetía aquella frase de Napoleón:
«empiezo esperando lo peor».

Cuentan que vieron dios
de ronda por las tabernas de Tetuán
tomando unos vermús con Sergio Ituero.
Se trata de un poeta
que sabe muy bien de qué va la vida.
Sergio, guiñándole el ojo,
le comentaba que era de cajón
que de una sustancia tan cáustica,
tan enervante, tan «sin», como el agua
no saliese nada bueno.
Y le recomendó
que se tomase la vida con más cuerpo.
Que no abandonase su nada
para los luegos de mierda.
Que confrontase la textura de su piel
con otras pieles y aprovechase su boca
para libar la saliva lubricante
de las miradas que te quieran comer bien.
Y al caer la tarde se zambulleron
gastroenterológicamente en el agua bendita
de un mar de ballantines cola.

Los parroquianos de Malasaña
afirmaron haber visto a la prismática Sofía Idoia
charlando con dios. Esta le animaba
a que se dejase de tanta cháchara paternalista
y ejerciera su divinidad con la brocha de su ser.
¡a ver si lo entiendes dios!: tú o nunca.
Y, de paso, le pidió que le echase una mano
para buscar unos cartones por los contenedores del barrio
para embalar y proteger los cuadros de su vida.

Un chaval galáctico llamado Marco Vacío
le invitó a dios a que pensase por sí mismo,
dudando sobre todo de sí mismo,
y que tomase rendida distancia, para ello, de su obra.
Dios, perplejo, le balbuceó que si dudaba de él
que… qué sería de nosotros,
a lo que Marco le contestó
que eso ya
era asunto suyo.

El sabio de Juanlu Mora
le improvisó un palíndromo infinito
que se remontaba al inicio de los inicios de los inicios…
Y en ese punto final del principio,
dios pudo comprenderse y darse cuenta
que, aunque todo pierda su sentido de ser,
a pesar de la mancha y su peso,
siempre hay una senda que se vuelve hacia a ti
para así poder volver a empezar
de nuevo.

El delicado modo vibrante de Javier Gijón le hizo saber a dios
que debía abandonar el ideal de una verdad que no fuera honesta
con el cesto de mimbre que custodia las frutas
de nuestro propio árbol.

Sergio Sanz le copleó
que a pesar de que tropecemos una y otra vez
como tropiezan los ciempiés
llegará el día en que dejemos atrás
las cien piedras del camino…

Andrés Sudón y Marta Plumilla
le canturrearon al oído
geometrías desconocidas para él.
Una nana nocturna que hablaba
de ti, de mí, de nosotros…,
de dios.

Ernesto le arrojó el catártico confeti
de su cadáver exquisito
—ahora más vivo que nunca—.

Y Camilo Crespo le escribió una fabulosa crónica
de sus encuentros con aquellos apóstoles de la luz,
tan sabios todos ellos, a su modo,
en el arte de amar.

Y nadie más volvió ya a saber de él.
Solo una persona, llamada Julián,
aseguró haber visto a dios paseando
una madrugada por la calle Libertad,
mientras murmuraba algo así como que
en el doloroso desfiladero del humano
aún se escuchaba entre sus rocas
el agua enamorada correr.

El agua enamorada correr…
El agua enamorada, compañeros.

Esa agua enamorada, maldita sea,
sanaría nuestras grietas,
y no nos damos cuenta…
No tenemos que desearnos, ¡qué va!,
¡tenemos que amarnos!,
¡es lo único que brota de nuestro manantial!,
¡es lo único verdaderamente nuestro!

El amor... Nada más que el amor
—bien lo sabe dios—

podrá llegar

a salvarnos.​



Kalkbadan
Madrid, 2 de octubre de 2023
Como no hay registro de una diosa, al menos en el principio de los tiempos, esa corrida fue autonflingida por lo tanto no existe derecho a reclamación por parte de nadie más por los hechos acaecidos con posterioridad al suceso. Y, no habiendo testigos de la causa se determina absolver al único imputado. No obstante, se recomienda proporcionarle tratamiento psicológico a la brevedad.
Que pase el siguiente.





Un abrazo, Kalkbadan.
 
Está jodido eso de las salvaciones y demás, pero quién sabe si los aires y las aguas de Madrid pueden obrar el milagro universal, ... desde luego mientras siga la Ayuso lo dudo :D
Frescura, ingenio y creatividad a tope en esta lluvia poética (y divina) por nuestras calles madrileñas. Excelente, Andreas. Un abrazo querido compañero.
 
Como no hay registro de una diosa, al menos en el principio de los tiempos, esa corrida fue autonflingida por lo tanto no existe derecho a reclamación por parte de nadie más por los hechos acaecidos con posterioridad al suceso. Y, no habiendo testigos de la causa se determina absolver al único imputado. No obstante, se recomienda proporcionarle tratamiento psicológico a la brevedad.
Que pase el siguiente.





Un abrazo, Kalkbadan.

¡Jajaja! Así es, estimado Sergio. Tenemos al pobre Dioss absolutamente estresado con nuestro declarado gusto por lo grotesco. ¡Qué lástima!
Pero quiero pensar que esa otra cara de la moneda, el amor, y el propio arte, como estética que deviene en ética, podría ir convenciendo al sistema, a ese dios mundano, de que aún es posible revertir este paso marcial que mantenemos hacia la fosa.
Gracias por leer, compañero.
 
Está jodido eso de las salvaciones y demás, pero quién sabe si los aires y las aguas de Madrid pueden obrar el milagro universal, ... desde luego mientras siga la Ayuso lo dudo :D
Frescura, ingenio y creatividad a tope en esta lluvia poética (y divina) por nuestras calles madrileñas. Excelente, Andreas. Un abrazo querido compañero.
¡Querido Luis! Muchísimas gracias por pasar, compañero. Es jodido esto de las salvaciones, sí...
Pero qué menos que intentar ofrecer nuestra mejor versión en este mundo loco.
Amarse a uno mismo y a los demás, como carácter, como propósito vital.
Un abrazo fuerte, amigo.
 
AGUA

No es posible la vida sin el agua,
y el agua, al parecer, llegó hasta este óvulo azul
a lomos de asteroides que, por cierto,
riman en consonante con espermatozoides.
Pero…, ¿y a estos asteroides quién los aguó?
Entiendo que recibirían el impacto, a su vez,
de otros asteroides más pequeñitos
y así, sucesivamente, llegaríamos
hasta ese mini asteroide primordial.

O sea que dios eyaculó mini asteroides
que fueron agrupándose en virtud
de una coalescencia celestial
hasta conformar aquella lluvia divina
de asteroides espermatozoides.

Más allá del asteroide primordial no hay nada,
o lo hay todo, más bien…
Porque la simiente de dios siempre fue la nada.
Esa nada sería la página de cortesía
de este esquivo relato natural.
Y entretanto, nosotros, vamos alimentando el mito
entre vacíos y antimaterias.
Somos los cuentacuentos
de nuestra propia ciencia
ficción.

Pero a lo que iba, después de la corrida universal
la vida fue prosperando poco a poco hasta que tuvo lugar
aquel desafortunado desencuentro
en el que un mono ugandés
le soltó a un mono tanzano
aquello de que «¡¡tú no sabes con quién estás hablando,
pedazo de gilipollas!!»

Y esta frase, cambio el sino de aquel mono humanoide
para siempre.
De aquella mutada disputa
se irguió el animal más cabronazo
que jamás había conocido ningún multiverso.
Y esa fue la gota que colmó el vaso.

Y dios empezó a cuestionar seriamente
el agua y su acto creador,
y de que era inviable
lograr una solución amable para la vida.

Le diagnosticaron colesterol —del malo— muy alto,
y estrés crónico. Se emborrachaba más de la cuenta
y gritaba cosas como que el jodido principio antrópico
debería expresarse como que el universo debe ser tal
que admita la creación de monos psicópatas
que acaben con todo en algún momento.

Y el terapeuta, al verlo con un pie en el abismo, le recomendó
que se humanizase ante esa panda caníbal,
allá en su propia casa, y que les hiciera saber,
aguantándoles la mirada, que no tenían perdón de dios.

Y mientras se acicalaba frente al espejo de un planeta
antes de partir hacia nuestro Magaluf cósmico,
se repetía aquella frase de Napoleón:
«empiezo esperando lo peor».


Cuentan que vieron a dios
de ronda por las tabernas de Tetuán
tomando unos vermús con Sergio Ituero.
Se trata de un poeta
que sabe muy bien de qué va la vida.
Sergio, guiñándole el ojo,
le comentaba que era de cajón
que de una sustancia tan cáustica,
tan enervante, tan «sin», como el agua
no saliese nada bueno.
Y le recomendó
que se tomase la vida con más cuerpo.
Que no abandonase su nada
para los luegos de mierda.
Que confrontase la textura de su piel
con otras pieles y aprovechase su boca
para libar la saliva lubricante
de las miradas que te quieran comer bien.
Y al caer la tarde se zambulleron
gastroenterológicamente en el agua bendita
de un mar de ballantines cola.

Los parroquianos de Malasaña
afirmaron haber visto a la prismática Sofía Idoia
charlando con dios. Esta lo animaba
a que se dejase de tanta cháchara paternalista
y ejerciera su divinidad con la brocha de su ser.
¡a ver si lo entiendes, dios!: tú o nunca.
Y, de paso, le pidió que le echase una mano
para buscar unos cartones por los contenedores del barrio
para embalar y proteger los cuadros de su vida.

Un chaval galáctico llamado Marco Vacío
le invitó a dios a que pensase por sí mismo,
dudando sobre todo de sí mismo,
y que tomase rendida distancia, para ello, de su obra.
Dios, perplejo, le balbuceó que si dudaba de él
que… qué sería de nosotros,
a lo que Marco le contestó
que eso ya
era asunto suyo.

El sabio de Juanlu Mora
le improvisó un palíndromo infinito
que se remontaba al inicio de los inicios de los inicios…
Y en ese punto final del principio,
dios pudo comprenderse y darse cuenta
que, aunque todo pierda su sentido de ser,
a pesar de la mancha y su peso,
siempre hay una senda que se vuelve hacia a ti
para así poder volver a empezar
de nuevo.

El delicado modo vibrante de Javier Gijón le hizo saber a dios
que debía abandonar el ideal de una verdad que no fuera honesta
con el cesto de mimbre que custodia las frutas
de nuestro propio árbol.

Sergio Sanz le copleó
que a pesar de que tropecemos una y otra vez
como tropiezan los ciempiés
llegará el día en que dejemos atrás
las cien piedras del camino.

Andrés Sudón y Marta Plumilla
le canturrearon al oído
geometrías desconocidas para él.
Una nana nocturna que hablaba
de ti, de mí, de nosotros…,
de dios.

Ernesto le arrojó el catártico confeti
de su cadáver exquisito
—ahora más vivo que nunca—.

Y Camilo Crespo le escribió una fabulosa crónica
de sus encuentros con aquellos apóstoles de la luz,
tan sabios todos ellos, a su modo,
en el arte de amar.

Y nadie más volvió ya a saber de él.
Solo una persona, llamada Julián,
aseguró haber visto a dios paseando
una madrugada por la calle Libertad,
mientras murmuraba algo así como que
en el doloroso desfiladero del humano
aún se escuchaba entre sus rocas
el agua enamorada correr.

El agua enamorada correr…
El agua enamorada, compañeros.

Esa agua enamorada, maldita sea,
sanaría nuestras grietas,
y no nos damos cuenta…
No tenemos que desearnos, ¡qué va!,
¡tenemos que amarnos!,
¡es lo único que brota de nuestro manantial!,
¡es lo único verdaderamente nuestro!

El amor... Nada más que el amor
—bien lo sabe dios—

podrá llegar

a salvarnos.​



Kalkbadan
Madrid, 2 de octubre de 2023

Un gran polvo la vida, dicen. Y otros se lo toman tan seriamente que andan esnifando polvo media vida, por aquello de ganar tiempo al polvo seremos.

Creo que los dioses deberían haber hablado de follar, y no de tanto amor, que luego la gente entiende lo que quiere y amor es follar.

El agua? A estas alturas, mejor birra o güisqui. Por eso de la sequía, digo.

Muy buenas y originales letras, Andreas.

Salud2, compañero.
 
Y bendita agua compañero!!
Más allá de la vida y sus jodas creo que no hay mejor experiencia que vivirla y valga la redundancia, cada uno con su sed y cada uno tomando el agua en tiempo y forma que les parezca, pero joder vivirla, con poco, con nada o con todo o como carajos venga.
Me gustó mucho leerte estar tarde-noche, saludos compañero.
 
AGUA

No es posible la vida sin el agua,
y el agua, al parecer, llegó hasta este óvulo azul
a lomos de asteroides que, por cierto,
riman en consonante con espermatozoides.
Pero…, ¿y a estos asteroides quién los aguó?
Entiendo que recibirían el impacto, a su vez,
de otros asteroides más pequeñitos
y así, sucesivamente, llegaríamos
hasta ese mini asteroide primordial.

O sea que dios eyaculó mini asteroides
que fueron agrupándose en virtud
de una coalescencia celestial
hasta conformar aquella lluvia divina
de asteroides espermatozoides.

Más allá del asteroide primordial no hay nada,
o lo hay todo, más bien…
Porque la simiente de dios siempre fue la nada.
Esa nada sería la página de cortesía
de este esquivo relato natural.
Y entretanto, nosotros, vamos alimentando el mito
entre vacíos y antimaterias.
Somos los cuentacuentos
de nuestra propia ciencia
ficción.

Pero a lo que iba, después de la corrida universal
la vida fue prosperando poco a poco hasta que tuvo lugar
aquel desafortunado desencuentro
en el que un mono ugandés
le soltó a un mono tanzano
aquello de que «¡¡tú no sabes con quién estás hablando,
pedazo de gilipollas!!»

Y esta frase, cambio el sino de aquel mono humanoide
para siempre.
De aquella mutada disputa
se irguió el animal más cabronazo
que jamás había conocido ningún multiverso.
Y esa fue la gota que colmó el vaso.

Y dios empezó a cuestionar seriamente
el agua y su acto creador,
y de que era inviable
lograr una solución amable para la vida.

Le diagnosticaron colesterol —del malo— muy alto,
y estrés crónico. Se emborrachaba más de la cuenta
y gritaba cosas como que el jodido principio antrópico
debería expresarse como que el universo debe ser tal
que admita la creación de monos psicópatas
que acaben con todo en algún momento.

Y el terapeuta, al verlo con un pie en el abismo, le recomendó
que se humanizase ante esa panda caníbal,
allá en su propia casa, y que les hiciera saber,
aguantándoles la mirada, que no tenían perdón de dios.

Y mientras se acicalaba frente al espejo de un planeta
antes de partir hacia nuestro Magaluf cósmico,
se repetía aquella frase de Napoleón:
«empiezo esperando lo peor».


Cuentan que vieron a dios
de ronda por las tabernas de Tetuán
tomando unos vermús con Sergio Ituero.
Se trata de un poeta
que sabe muy bien de qué va la vida.
Sergio, guiñándole el ojo,
le comentaba que era de cajón
que de una sustancia tan cáustica,
tan enervante, tan «sin», como el agua
no saliese nada bueno.
Y le recomendó
que se tomase la vida con más cuerpo.
Que no abandonase su nada
para los luegos de mierda.
Que confrontase la textura de su piel
con otras pieles y aprovechase su boca
para libar la saliva lubricante
de las miradas que te quieran comer bien.
Y al caer la tarde se zambulleron
gastroenterológicamente en el agua bendita
de un mar de ballantines cola.

Los parroquianos de Malasaña
afirmaron haber visto a la prismática Sofía Idoia
charlando con dios. Esta lo animaba
a que se dejase de tanta cháchara paternalista
y ejerciera su divinidad con la brocha de su ser.
¡a ver si lo entiendes, dios!: tú o nunca.
Y, de paso, le pidió que le echase una mano
para buscar unos cartones por los contenedores del barrio
para embalar y proteger los cuadros de su vida.

Un chaval galáctico llamado Marco Vacío
le invitó a dios a que pensase por sí mismo,
dudando sobre todo de sí mismo,
y que tomase rendida distancia, para ello, de su obra.
Dios, perplejo, le balbuceó que si dudaba de él
que… qué sería de nosotros,
a lo que Marco le contestó
que eso ya
era asunto suyo.

El sabio de Juanlu Mora
le improvisó un palíndromo infinito
que se remontaba al inicio de los inicios de los inicios…
Y en ese punto final del principio,
dios pudo comprenderse y darse cuenta
que, aunque todo pierda su sentido de ser,
a pesar de la mancha y su peso,
siempre hay una senda que se vuelve hacia a ti
para así poder volver a empezar
de nuevo.

El delicado modo vibrante de Javier Gijón le hizo saber a dios
que debía abandonar el ideal de una verdad que no fuera honesta
con el cesto de mimbre que custodia las frutas
de nuestro propio árbol.

Sergio Sanz le copleó
que a pesar de que tropecemos una y otra vez
como tropiezan los ciempiés
llegará el día en que dejemos atrás
las cien piedras del camino.

Andrés Sudón y Marta Plumilla
le canturrearon al oído
geometrías desconocidas para él.
Una nana nocturna que hablaba
de ti, de mí, de nosotros…,
de dios.

Ernesto le arrojó el catártico confeti
de su cadáver exquisito
—ahora más vivo que nunca—.

Y Camilo Crespo le escribió una fabulosa crónica
de sus encuentros con aquellos apóstoles de la luz,
tan sabios todos ellos, a su modo,
en el arte de amar.

Y nadie más volvió ya a saber de él.
Solo una persona, llamada Julián,
aseguró haber visto a dios paseando
una madrugada por la calle Libertad,
mientras murmuraba algo así como que
en el doloroso desfiladero del humano
aún se escuchaba entre sus rocas
el agua enamorada correr.

El agua enamorada correr…
El agua enamorada, compañeros.

Esa agua enamorada, maldita sea,
sanaría nuestras grietas,
y no nos damos cuenta…
No tenemos que desearnos, ¡qué va!,
¡tenemos que amarnos!,
¡es lo único que brota de nuestro manantial!,
¡es lo único verdaderamente nuestro!

El amor... Nada más que el amor
—bien lo sabe dios—

podrá llegar

a salvarnos.​



Kalkbadan
Madrid, 2 de octubre de 2023
el agua es vida, y nosotros simples bichitos, microrganismos que nadamos, nos ahogamos y vivimos incluso en agua podría. la santurronería no me va, :D pero en tu caso y en el poema queda muy bien. Incluso, creo, que debe haber agua hasta en el infierno así que brindemos, pero joder, no con agua :D jejeje

abrazos Kal.
 
el agua es vida, y nosotros simples bichitos, microrganismos que nadamos, nos ahogamos y vivimos incluso en agua podría. la santurronería no me va, :D pero en tu caso y en el poema queda muy bien. Incluso, creo, que debe haber agua hasta en el infierno así que brindemos, pero joder, no con agua :D jejeje

abrazos Kal.
¡Jaja! Esa obra de dios llamada agua no nos va nada, querido Dani. Pero una vez blasfemada por los elixires concebidos por este mono terrenal, mucho mejor. ¡Un abrazo y feliz año, compañero!

Pd. Y si no que baje dios y lo beba
 
Última edición:

MundoPoesía se mantiene gracias a la publicidad y al apoyo de nuestros Mecenas.

✦ Hazte Mecenas

Sin publicidad · Blog propio · Apoya la poesía en español

Atrás
Arriba