BEN.
Poeta que considera el portal su segunda casa
Yo estaba solo.
Mirad, miradme,
solo. En un rugido
una metálica voz
cruje en silencio.
Unas manos alteran
un espacio de visión
ciega. Lo áspero
derriba el corazón,
tan acostumbrado
a la placidez de la desidia.
Matad, matad poco a poco,
esta deriva insurgente de caricias
asesinadas.
Que la lluvia ya sobrepondrá
su cuerpo transparente y solitario.
Yo estaba solo.
Mirad, miradme.
Aún puedo sentir
lo roto bajo los agujeros
el ruido urdido, las manos
aguadas, en charcos, mentiras
falacias, hipocresías, ahogan
los pozos sin nombre.
Había certezas en las rejas
combates sueños fortalezas,
estrellas planetarias, verbos
sombras de estatua en las guaridas
de los ciegos. Era yo.
Porque había ruidos,
urdimbres sigilosas.
Había sombras, y sueños,
y yo, tras un cadáver, constelando
rosas en un templo.
Estaban mis manos tan solas
que fui cegando el pozo de tu nombre.
Estaban tan solos los manantiales
que fui agregando mayos y flores al ruido
universal. Estabas tan sola, sí, aquella
esplendorosa mañana, que afilé las ruedas,
que devoré el total silencio de las majadas.
©
Mirad, miradme,
solo. En un rugido
una metálica voz
cruje en silencio.
Unas manos alteran
un espacio de visión
ciega. Lo áspero
derriba el corazón,
tan acostumbrado
a la placidez de la desidia.
Matad, matad poco a poco,
esta deriva insurgente de caricias
asesinadas.
Que la lluvia ya sobrepondrá
su cuerpo transparente y solitario.
Yo estaba solo.
Mirad, miradme.
Aún puedo sentir
lo roto bajo los agujeros
el ruido urdido, las manos
aguadas, en charcos, mentiras
falacias, hipocresías, ahogan
los pozos sin nombre.
Había certezas en las rejas
combates sueños fortalezas,
estrellas planetarias, verbos
sombras de estatua en las guaridas
de los ciegos. Era yo.
Porque había ruidos,
urdimbres sigilosas.
Había sombras, y sueños,
y yo, tras un cadáver, constelando
rosas en un templo.
Estaban mis manos tan solas
que fui cegando el pozo de tu nombre.
Estaban tan solos los manantiales
que fui agregando mayos y flores al ruido
universal. Estabas tan sola, sí, aquella
esplendorosa mañana, que afilé las ruedas,
que devoré el total silencio de las majadas.
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