Évano
Libre, sin dioses.
Ah, era eso
Es lo que dijo un médico ante la luz al final del túnel abierto
cuando le avino una muerte que no acabó por llevárselo.
Leí al revés, como hago a menudo últimamente, sin saber por qué.
Con este método he descubierto palabras como Mal sí, Dabamal sí y otras tan absurdas como ellas.
A veces mi mente anda, por su propia cuenta, caminos que se creen absurdos.
El uno de mayo del dos mil nueve, mi padre falleció. La familia esperaba su muerte durante la madrugada.
Sentados en una sala a parte, íbamos entrando a la saturada habitación del hospital. Llegadas las cuatro de la madrugada, casi todos ellos estaban nerviosos y murmuraban en alto que debían irse, que tenían que hacer cosas temprano. Ochenta y un años de padre. Tenían que hacer cosas.
Entré cuando estaba mi madre y no sé quién más, cuando el doctor le inyectaba más morfina a un padre que parecía resistirse a lo inevitable. Mi madre le agarraba la mano. Yo pensé, me susurré en alto, para que lo oyera mi padre, que se marchara ya, que sus hijos, su familia, estaban nerviosos y querían irse. Que tenían que hacer cosas temprano. No tengas miedo, me dije y le dije, ya es el momento.
Al instante fui a la sala y aseguré a los allí presentes que esperaran, que a las cuatro y cincuenta moriría.
Hacía un rato que mi mente había sumado las letras de un párrafo de una revista de la cual no recuerdo
ni de qué hablaba. Mi mente había sumado cuatrocientas cincuenta letras. O sea, las cuatro y cincuenta.
Mi padre murió a las cuatro y media; es decir a las cuatro y treinta. Luego comprendí que las horas no son
de cien minutos, que son de sesenta y por ello el cincuenta significaba las cuatro y las treinta que son mitad de sesenta como cincuenta son la mitad de cien. O eso me hizo pensar mi mente, una mente que acertó.
Ah, era eso, dijo el médico ante la luz al final del túnel abierto cuando le avino una muerte que no acabó
por llevárselo. No había exclamación, ni puntos suspensivos. Lo dijo certeramente.
Mis pensamientos leyeron al revés la frase: "O sea, Rha". Eso había dicho a mi mente el médico.
Rha, o el Dios Sol de los egipcios. El Dios de la luz.
Ah, era eso la muerte. Ah, Era la luz. Ah, era Eso.
Estuve presente en el último hálito de mi padre. En su último suspiro. Yo había acudido a las cuatro y media, al igual que mis ocho hermanos y algún familiar más. Todos habían acudido a esa hora a pesar de que yo aseguré: Esperaros, a las cuatro cincuenta morirá.
Como algún cuadro de algún autor del que no me acuerdo, como un cuadro de siglos atrás, una cuñada lloraba arrodillada, sosteniendo la mano derecha de mi padre en sus manos. Mi madre le besaba la frente y los nervios adormecidos afloraban; unos nervios que no eran más que la no costumbre de estar en la Paz y la Quietud.
La respiración menguaba, se alargaba entre el tiempo, le faltaba aire, como el que desea beber todo el mundo que ha conocido antes de irse para siempre. Su rostro se enfriaba y azulaba. Inspiró la última vez, y exhaló. Y con el exhalo iba una luz tenue, o no brillante. Una luz ovalada que flotaba a medio metro de altura del rostro de mi padre.
En la habitación del hospital no cabía ni una persona más. Pero la luz estaba sola.
Como había relatado el médico, esa luz colgada en la oscuridad del aire parecía la luz al final de un túnel. Yo, ahora, sabía que no era un túnel; sino un puerta. Y sabía, como el médico, que la luz surgida del interior de mi padre con su último hálito es ese Ser que existe en lo más adentro de cada uno, en esa Consciencia que es lo que nos une al Ser. A Dios.
Yo había muerto con mi padre. Lo había sentido. Había visto con él a su Puerta, a su Ser. Puerta y Ser eran lo mismo. Pero no vi entrar a mi padre. No sé si tuvo miedo de entrar. O si entró. Quiero creer que sí, que aquí ya todo había sido. Él siempre dijo: Qué gran mentira la vida.
Yo sé que no es mentira; pero tampoco lo que creemos. Nuestra mente no puede, no está capacitada para comprender el basto universo en todas sus formas y energías. La mente es un arma para la supervivencia. Un arma, que si no la controlas acaba con uno, o te abandona en la locura. O Quizá te haga leer al revés o esté siempre mandando pensamientos sin parar porque necesita reafirmar su ego. Necesita su ego. Necesita tiempo, tu pasado y tu futuro. Te traerá una y otra vez el pasado y te llevará, una y otra vez, a un futuro que no existe, pues siempre es ahora y no existe más que el Ahora. Lo que hiciste en el pasado lo hiciste en el Ahora del pasado y lo que hagas en el futuro lo harás en el Ahora de tu futuro.
Pasado y futuro están en el Ahora. Solo existe un Ahora imposible de comprender para nuestra mente egótica.
Por eso digo que no sé si mi padre entró en la puerta, en su Ser y fue al Más Allá Último y Principio, a lo Eterno. A ese Eterno que quiere decir el No Tiempo.
Quiero creer que entró, que me hizo caso. Pero no estoy seguro si anda con sus quinielas de fútbol en el bolsillo de la camisa, sentado en algún banco, estudiándola toda la semana; si está sentado en un banco de alguna otra dimensión de este universo.
Lo que ocurre en el mundo es lo que debe ocurrir. No juzgues y no serás juzgado, porque lo que juzgas eres tú también. Ahora lo entiendo. "Padre, déjalos, que no saben lo que hacen"; no saben que se están crucificando ellos mismos. Ahora lo entiendo. "Yo soy la Luz y el Camino" porque yo soy el Ser que habita en cada uno de vosotros y la puerta que da al Camino del Más Allá; llámalo Cielo, si quieres, aunque te sea imposible de comprender qué y cómo es el Cielo.
Ahora lo entiendo, después de leer El Poder del Ahora, de Eckhart Tolle. Me ha hecho recordar lo que ya sabía, lo que estaba en mí, lo que siempre ha estado en mí y estará eternamente en mí. Y en ti. Mírate dentro. Sé presente. Sé Presencia.
Gracias por leer.
Es lo que dijo un médico ante la luz al final del túnel abierto
cuando le avino una muerte que no acabó por llevárselo.
Leí al revés, como hago a menudo últimamente, sin saber por qué.
Con este método he descubierto palabras como Mal sí, Dabamal sí y otras tan absurdas como ellas.
A veces mi mente anda, por su propia cuenta, caminos que se creen absurdos.
El uno de mayo del dos mil nueve, mi padre falleció. La familia esperaba su muerte durante la madrugada.
Sentados en una sala a parte, íbamos entrando a la saturada habitación del hospital. Llegadas las cuatro de la madrugada, casi todos ellos estaban nerviosos y murmuraban en alto que debían irse, que tenían que hacer cosas temprano. Ochenta y un años de padre. Tenían que hacer cosas.
Entré cuando estaba mi madre y no sé quién más, cuando el doctor le inyectaba más morfina a un padre que parecía resistirse a lo inevitable. Mi madre le agarraba la mano. Yo pensé, me susurré en alto, para que lo oyera mi padre, que se marchara ya, que sus hijos, su familia, estaban nerviosos y querían irse. Que tenían que hacer cosas temprano. No tengas miedo, me dije y le dije, ya es el momento.
Al instante fui a la sala y aseguré a los allí presentes que esperaran, que a las cuatro y cincuenta moriría.
Hacía un rato que mi mente había sumado las letras de un párrafo de una revista de la cual no recuerdo
ni de qué hablaba. Mi mente había sumado cuatrocientas cincuenta letras. O sea, las cuatro y cincuenta.
Mi padre murió a las cuatro y media; es decir a las cuatro y treinta. Luego comprendí que las horas no son
de cien minutos, que son de sesenta y por ello el cincuenta significaba las cuatro y las treinta que son mitad de sesenta como cincuenta son la mitad de cien. O eso me hizo pensar mi mente, una mente que acertó.
Ah, era eso, dijo el médico ante la luz al final del túnel abierto cuando le avino una muerte que no acabó
por llevárselo. No había exclamación, ni puntos suspensivos. Lo dijo certeramente.
Mis pensamientos leyeron al revés la frase: "O sea, Rha". Eso había dicho a mi mente el médico.
Rha, o el Dios Sol de los egipcios. El Dios de la luz.
Ah, era eso la muerte. Ah, Era la luz. Ah, era Eso.
Estuve presente en el último hálito de mi padre. En su último suspiro. Yo había acudido a las cuatro y media, al igual que mis ocho hermanos y algún familiar más. Todos habían acudido a esa hora a pesar de que yo aseguré: Esperaros, a las cuatro cincuenta morirá.
Como algún cuadro de algún autor del que no me acuerdo, como un cuadro de siglos atrás, una cuñada lloraba arrodillada, sosteniendo la mano derecha de mi padre en sus manos. Mi madre le besaba la frente y los nervios adormecidos afloraban; unos nervios que no eran más que la no costumbre de estar en la Paz y la Quietud.
La respiración menguaba, se alargaba entre el tiempo, le faltaba aire, como el que desea beber todo el mundo que ha conocido antes de irse para siempre. Su rostro se enfriaba y azulaba. Inspiró la última vez, y exhaló. Y con el exhalo iba una luz tenue, o no brillante. Una luz ovalada que flotaba a medio metro de altura del rostro de mi padre.
En la habitación del hospital no cabía ni una persona más. Pero la luz estaba sola.
Como había relatado el médico, esa luz colgada en la oscuridad del aire parecía la luz al final de un túnel. Yo, ahora, sabía que no era un túnel; sino un puerta. Y sabía, como el médico, que la luz surgida del interior de mi padre con su último hálito es ese Ser que existe en lo más adentro de cada uno, en esa Consciencia que es lo que nos une al Ser. A Dios.
Yo había muerto con mi padre. Lo había sentido. Había visto con él a su Puerta, a su Ser. Puerta y Ser eran lo mismo. Pero no vi entrar a mi padre. No sé si tuvo miedo de entrar. O si entró. Quiero creer que sí, que aquí ya todo había sido. Él siempre dijo: Qué gran mentira la vida.
Yo sé que no es mentira; pero tampoco lo que creemos. Nuestra mente no puede, no está capacitada para comprender el basto universo en todas sus formas y energías. La mente es un arma para la supervivencia. Un arma, que si no la controlas acaba con uno, o te abandona en la locura. O Quizá te haga leer al revés o esté siempre mandando pensamientos sin parar porque necesita reafirmar su ego. Necesita su ego. Necesita tiempo, tu pasado y tu futuro. Te traerá una y otra vez el pasado y te llevará, una y otra vez, a un futuro que no existe, pues siempre es ahora y no existe más que el Ahora. Lo que hiciste en el pasado lo hiciste en el Ahora del pasado y lo que hagas en el futuro lo harás en el Ahora de tu futuro.
Pasado y futuro están en el Ahora. Solo existe un Ahora imposible de comprender para nuestra mente egótica.
Por eso digo que no sé si mi padre entró en la puerta, en su Ser y fue al Más Allá Último y Principio, a lo Eterno. A ese Eterno que quiere decir el No Tiempo.
Quiero creer que entró, que me hizo caso. Pero no estoy seguro si anda con sus quinielas de fútbol en el bolsillo de la camisa, sentado en algún banco, estudiándola toda la semana; si está sentado en un banco de alguna otra dimensión de este universo.
Lo que ocurre en el mundo es lo que debe ocurrir. No juzgues y no serás juzgado, porque lo que juzgas eres tú también. Ahora lo entiendo. "Padre, déjalos, que no saben lo que hacen"; no saben que se están crucificando ellos mismos. Ahora lo entiendo. "Yo soy la Luz y el Camino" porque yo soy el Ser que habita en cada uno de vosotros y la puerta que da al Camino del Más Allá; llámalo Cielo, si quieres, aunque te sea imposible de comprender qué y cómo es el Cielo.
Ahora lo entiendo, después de leer El Poder del Ahora, de Eckhart Tolle. Me ha hecho recordar lo que ya sabía, lo que estaba en mí, lo que siempre ha estado en mí y estará eternamente en mí. Y en ti. Mírate dentro. Sé presente. Sé Presencia.
Gracias por leer.