Desde el faro se ve a una fatídica hazaña, a una mujer asediada por el frío hálito noctívago, ya sin ambiciones ni esperanzas que se ahoga en el río, ya no quiere respirar y corre aventurera y ansiosa a danzar con la muerte. ¡Ahogada! ¡Ahogada por la masa que la acecha con una hipocondría soledad!
Despojada de su ternura, de su inocente vida. Ya se ve flotando en el torrente matutino, adornada con lilas de agua y lotos viperinos. Levantadla con cuidado, con ternura y con encanto: tan inmaculado, tan mancebo, tan pulcro y lozano es su sepulcro níveo, tan apolínea es su agraciada figura dormida.
Mirad con los ojos ensombrecidos, mirad sus sueños desvalidos pegados al cuerpo como una mortaja que arrastra sus lágrimas y su osado camino, mientras el agua se escurre gota a gota de sus ropajes cohibidos ¡Levantadla en seguida, con amor, sin fastidio ni odio al destino!
A la luz de los faroles que parpadean en lo íntimo de un brioso río, con los candiles que la iluminan en la noche despiadada y asesina. Se ve a la mujer, trémula y confusa en medio de tanta algarabía de las sospechas del nefasto juicio, todo por un amor prohibido. Se ve a la mujer sin albergue en la tierra prometida. Enloquecida por la argucia de la embustera vida y seducida ante el reservado enigma de la muerte, resolvió, pronto lanzarse al impávido afluente... y pernoctar por siempre en cualquier parte, en cualquier sitio fuera del mundo presente.
¡Ahogada! ¡Ahogada!
Grita Hamlet sin consuelo por su romance desvanecido.