Luis Á. Ruiz Peradejordi
Poeta que considera el portal su segunda casa
¡Apaga la luz!
La voz viene del fondo del pasillo y con gesto cansado, va pasando por cada habitación. Despacio, lentamente como si quisiera irse llenando de todo lo que hay en ellas. Así, contempla la fotografía que hay en la mesilla de noche, aquella en la que está su hija el día en que se doctoró; esa habitación que atesora tantos recuerdos, los muñecos y peluches que guardaban su cama, el aroma de su pelo en la almohada… Allí viven todavía aquellos cuentos que inventaba cuando, por las noches, al acostarla contaba historias de elfos, de hadas, de caballeros y castillos encantados. Es como si las paredes guardasen memoria de aquellos ratos, de las risas y los juegos, de las lecturas y los rezos.
Por el pasillo adelante llega hasta el despacho. En la librería se acumulan los libros ya leídos, los viejos amigos a los que acudió en tantas ocasiones. Sus manos aciertan a colocar las gafas que lleva colgadas al cuello, esas que le permiten ver de cerca. Se llega hasta los lomos que muestran los títulos ya conocidos, los autores que forman parte de su vida; están Homero y Catulo, Séneca y Juvenal, Safo y Ovidio y Cervantes y Delibes y García Márquez y Baroja y Unamuno… Todos y cada uno de ellos le han ido haciendo regalos cada día. Acaricia los sonetos de Quevedo en aquel viejo libro encuadernado en cuero que huele a papel añoso y tinta. Sus manos aciertan con los versos: “Las casas y los aposentos están cargados de perfumes…” el Canto de mí mismo de Whitman acude a los ecos de su deambular por la casa y como un vago sentimiento, asiente al perfume que personaliza su vivir.
Al llegar al salón, en aquel chester marrón que recuerda desde siempre, se sienta a recordar los buenos momentos, las tertulias con los amigos, las charlas con su esposa, la presencia alborotada de las amigas de su hija.
Con cierta dificultad, se levanta, mira aquel retrato del día de su boda, ¡hace ya tanto tiempo! Y apaga las luces y es como si muriese un poco, como si de repente todo aquello desapareciese de su vida, se arrancase de la memoria.
Y a tientas, como un torpe ciego, enfila hacia la cocina.