Asklepios
Incinerando envidias
Al final no llegó lo que se creía predestinado. Así, lo prometido se alejó vencido y temeroso por no haber sido y, una vez más, seguía creciendo el mundo de lo inacabado, de la realidad inexistente y jamás presente. Ese mundo que no es y jamás será, pero del que tanto se habla por no satisfacer nunca y, (¿quién sabe cómo?), mantiene la ilusión, la promesa de volver, la promesa de un posible más allá del ahora, más allá de cualquier instante en sí.
Es como un agonizante desmayo que no acaba de concluir. Ni agoniza ni desmaya. Verdaderamente, tampoco empieza ni termina. Su altura va más allá de la propia alma, más acá de la misma extinción.
Es un arriba y abajo de un pedazo de nada que ni descansa ni actúa, que ni se gesta ni se deshace. Que no es y no está, salvo por el hecho de ser comentado, de ser referido.
Este fenómeno se produce en innumerables ocasiones. En más de las deseadas. Y lo que es peor, en más de lo que sería conveniente.
A este deshabitado habitar de algo que no llega a ser, por muchos es entendido como la base de la fe.
Es como un agonizante desmayo que no acaba de concluir. Ni agoniza ni desmaya. Verdaderamente, tampoco empieza ni termina. Su altura va más allá de la propia alma, más acá de la misma extinción.
Es un arriba y abajo de un pedazo de nada que ni descansa ni actúa, que ni se gesta ni se deshace. Que no es y no está, salvo por el hecho de ser comentado, de ser referido.
Este fenómeno se produce en innumerables ocasiones. En más de las deseadas. Y lo que es peor, en más de lo que sería conveniente.
A este deshabitado habitar de algo que no llega a ser, por muchos es entendido como la base de la fe.