La Corporación
Poeta veterano
Desde el Evaristo Corumelo,
El hombre se acostumbra a todo. Lo bello es relativo, también el buen o el mal olor. Sólo un tema cultural distingue un aroma de Chanel del expelido por una vaca muerta. Si la miel tuviera olor a mierda seguro que éste sería el más exquisito de los rumores del viento. Es la necesidad de supervivencia la que moldea los sentidos.
Hasta la invención nefasta de los desodorantes, el olor a sudor era un poderoso atrayente sexual. Condensa y amalgama potentes hormonas llamadas copulines y los animales corrían tras esos elixires.
Todavía el mito de esos torsos desnudos y sudorosos alimenta suspiros en las féminas y ha sido ampliamente utilizado por la industria televisiva.
El gran Reinoldo Gransier, experto cocinero de su Imperial majestad Guillermo I de Prusia comentó en su obra, Los Secretos de la Cocina Imperial, que recolectó el sudor de treinta vírgenes para que el emperador pudiera tener la descendencia regia que legalmente necesitaba el Imperio.
La receta no debe estar del todo completa; he intentado hacer la pócima por lo menos un par de veces y no despierta en mi ariete, más que el acostumbrado delirio amoroso que siento cuando una hembra en celo, de pechos valientes y mirada pícara, se acerca a varios centímetros de mi piel.
Le diré a mi amigo Leónidas, experto en asuntos medievales y lancero de su santidad el Papa Gregorio, si puede averiguar este punto.
Pero todo esto viene al cuento porque Santiago Lusiñol, filósofo nihilista y gran cantor de fandangos, me invitó el otro día a explorar las alcantarillas de la ciudad, sumergido en la fiebre de su filosofía nihilista me decía: el ser humano busca trascendencia y no siempre el cielo está arriba. Así que nos fuimos a oler los bajos de la ciudad.
Debo decir, en mi descargo, que lo que me gusta de verdad son los bajos del toro, o sea las criadillas de este mitológico y fantástico animal. Ya los gladiadores en Roma se comían crudas sus nobles partes cuando en la arena lo vencían. Hasta que nos acostumbremos a estas vigorosas prácticas, oler el semen que desprenden, saborear las venillas del amor; sugiero que las hiervan y las blanqueen para luego sobre una base de salsa española la sirvan cuando, después de un intenso fin de semana, vean decrecer sus ansias genésicas. Porque ya dijimos que lo importante es el instinto de supervivencia de la especie. A mí, hoy, me han entrado unas inmensas ganas de follar después de ver la película 2012. Mala de solemnidad.
san armilo b.
Si alguien necesitara la receta nos la pida por privado.
El hombre se acostumbra a todo. Lo bello es relativo, también el buen o el mal olor. Sólo un tema cultural distingue un aroma de Chanel del expelido por una vaca muerta. Si la miel tuviera olor a mierda seguro que éste sería el más exquisito de los rumores del viento. Es la necesidad de supervivencia la que moldea los sentidos.
Hasta la invención nefasta de los desodorantes, el olor a sudor era un poderoso atrayente sexual. Condensa y amalgama potentes hormonas llamadas copulines y los animales corrían tras esos elixires.
Todavía el mito de esos torsos desnudos y sudorosos alimenta suspiros en las féminas y ha sido ampliamente utilizado por la industria televisiva.
El gran Reinoldo Gransier, experto cocinero de su Imperial majestad Guillermo I de Prusia comentó en su obra, Los Secretos de la Cocina Imperial, que recolectó el sudor de treinta vírgenes para que el emperador pudiera tener la descendencia regia que legalmente necesitaba el Imperio.
La receta no debe estar del todo completa; he intentado hacer la pócima por lo menos un par de veces y no despierta en mi ariete, más que el acostumbrado delirio amoroso que siento cuando una hembra en celo, de pechos valientes y mirada pícara, se acerca a varios centímetros de mi piel.
Le diré a mi amigo Leónidas, experto en asuntos medievales y lancero de su santidad el Papa Gregorio, si puede averiguar este punto.
Pero todo esto viene al cuento porque Santiago Lusiñol, filósofo nihilista y gran cantor de fandangos, me invitó el otro día a explorar las alcantarillas de la ciudad, sumergido en la fiebre de su filosofía nihilista me decía: el ser humano busca trascendencia y no siempre el cielo está arriba. Así que nos fuimos a oler los bajos de la ciudad.
Debo decir, en mi descargo, que lo que me gusta de verdad son los bajos del toro, o sea las criadillas de este mitológico y fantástico animal. Ya los gladiadores en Roma se comían crudas sus nobles partes cuando en la arena lo vencían. Hasta que nos acostumbremos a estas vigorosas prácticas, oler el semen que desprenden, saborear las venillas del amor; sugiero que las hiervan y las blanqueen para luego sobre una base de salsa española la sirvan cuando, después de un intenso fin de semana, vean decrecer sus ansias genésicas. Porque ya dijimos que lo importante es el instinto de supervivencia de la especie. A mí, hoy, me han entrado unas inmensas ganas de follar después de ver la película 2012. Mala de solemnidad.
san armilo b.
Si alguien necesitara la receta nos la pida por privado.
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