Évano
Libre, sin dioses.
Recuerdo un ser de carne, y de hueso y de cáscara
escondiéndose a oscuras, en su adentro de luz
y de sombras. Imagen de un ayer que fue siempre.
Quizás hable de aquel, de mi padre, tal vez;
o son simples palabras que prosiguen destino
a solas, con la tinta que resta, y deja estela;
es una vena abierta que cuelga y se desangra
aún, todavía, siempre, en esta mi memoria.
Pensar en la alegría, pensar que nunca tuvo,
como el pobre de blanco y de negro que fue,
me aleja a la tiniebla del mundo de color.
Era olvido de luz de pintores de España.
Creer que fue presente, que a lo mejor estuvo,
es necesario para estar, para beber,
para llenar pasados y vestirse de hubo,
e inventar el sentir sin que hubiera el haber.
Difuminado el ser, lo inerte lo envolvía,
y a los huesos y carne, y a ese cuerpo de máscara
con ánima vagando en cámara vacía.
Fue ilusión, espejismo tras brumas de los hijos.
Tres años de soldado comiendo sus lentejas,
cantando las canciones de la siempre su patria;
con la orden incrustada en las sordas orejas
a los himnos cantados ante el cáliz del miedo.
Altares de ignorancias de mi Pueblo Sureño.
Convertir a salvajes en rebaño de ovejas,
mientras todos los látigos de la Tierra te azotan,
te introduce por dentro del adentro y te arropas
con tu sudor, y con tu vino, y con tu sangre,
esperando el milagro del no azar de la vida.
Mi recuerdo es de carne, y de hueso, máscara,
de rabia por partir a los Pueblos del Sur,
y repartir la avaricia de la España de colores
entre gente de blancos y de negros, de lutos.
Ya lo decía el nombre, tu todo, tu Dolores.
Tu recuerdo es tumulto de látigos de dioses,
revoltijo de guerras, y de mil sinsabores;
apocalipsis, tumba de los sin nombre;
corretear detrás de sombras y desamores,
y a ciegas del azar, y de comprados hombres.
Me servirá tu estela para escrutar al sabio,
para andar por las nubes de algún mundo lejano,
para beber en ríos de calles de ciudad;
para esconderme en mí mismo, y buscarte más,
y reventar la cáscara forjada para el pueblo:
cárcel, cáliz de carnes y de huesos y de almas,
con sus rejas de máscaras de dioses, y tiranos.
escondiéndose a oscuras, en su adentro de luz
y de sombras. Imagen de un ayer que fue siempre.
Quizás hable de aquel, de mi padre, tal vez;
o son simples palabras que prosiguen destino
a solas, con la tinta que resta, y deja estela;
es una vena abierta que cuelga y se desangra
aún, todavía, siempre, en esta mi memoria.
Pensar en la alegría, pensar que nunca tuvo,
como el pobre de blanco y de negro que fue,
me aleja a la tiniebla del mundo de color.
Era olvido de luz de pintores de España.
Creer que fue presente, que a lo mejor estuvo,
es necesario para estar, para beber,
para llenar pasados y vestirse de hubo,
e inventar el sentir sin que hubiera el haber.
Difuminado el ser, lo inerte lo envolvía,
y a los huesos y carne, y a ese cuerpo de máscara
con ánima vagando en cámara vacía.
Fue ilusión, espejismo tras brumas de los hijos.
Tres años de soldado comiendo sus lentejas,
cantando las canciones de la siempre su patria;
con la orden incrustada en las sordas orejas
a los himnos cantados ante el cáliz del miedo.
Altares de ignorancias de mi Pueblo Sureño.
Convertir a salvajes en rebaño de ovejas,
mientras todos los látigos de la Tierra te azotan,
te introduce por dentro del adentro y te arropas
con tu sudor, y con tu vino, y con tu sangre,
esperando el milagro del no azar de la vida.
Mi recuerdo es de carne, y de hueso, máscara,
de rabia por partir a los Pueblos del Sur,
y repartir la avaricia de la España de colores
entre gente de blancos y de negros, de lutos.
Ya lo decía el nombre, tu todo, tu Dolores.
Tu recuerdo es tumulto de látigos de dioses,
revoltijo de guerras, y de mil sinsabores;
apocalipsis, tumba de los sin nombre;
corretear detrás de sombras y desamores,
y a ciegas del azar, y de comprados hombres.
Me servirá tu estela para escrutar al sabio,
para andar por las nubes de algún mundo lejano,
para beber en ríos de calles de ciudad;
para esconderme en mí mismo, y buscarte más,
y reventar la cáscara forjada para el pueblo:
cárcel, cáliz de carnes y de huesos y de almas,
con sus rejas de máscaras de dioses, y tiranos.