Tobare
Poeta recién llegado
Un sol diabético entra a través de mi ventana
para iluminar este rostro mío que he puesto a reposar
dentro de estas sábanas de aire.
Miles de ojos vacíos me observan desde los rincones de mi pieza.
Habitando celulares, tablets, saludos fríos.
Pero detrás de todo eso,
la nada se encuentra durmiendo dentro de mi pieza.
Es un nuevo día, un eterno nuevo día,
y comienzo a divagar dentro de un divagar interminable.
Porque la verdad,
es que no hay nada afuera.
Pero a lo que voy con todo esto
es que podría ponerme a hablar
de niños jugando sobre el verde de los parques,
o de parejas circulando de la mano
sobre el verde de los parques,
o de ancianos alimentando palomas
sobre el ripio de los parques.
Pero nada de eso es atractivo.
También podría hablar de incógnitos susurros,
de pestañeos entre medio de películas,
de ciclistas viajando sobre alquitranoso pavimento,
de oficinistas extraviados buscando combinaciones bajo tierra
o de haitianas vendiendo ajo o zapatillas,
pero la verdad es que nada de eso es atractivo.
Porque prefiero quedarme acá,
en mi habitación de arrendatario incontestable,
mirando el celular,
mientras diabéticos rayos solares entran a través de mi ventana,
iluminando esta inmovilidad invalidante de mis dedos cinéticos
mientras la nada flota como polvo o como ácaro,
colonizando las riníticas sombras
de mis dos fosas nasales.
Estornudo, después me sueno.
para iluminar este rostro mío que he puesto a reposar
dentro de estas sábanas de aire.
Miles de ojos vacíos me observan desde los rincones de mi pieza.
Habitando celulares, tablets, saludos fríos.
Pero detrás de todo eso,
la nada se encuentra durmiendo dentro de mi pieza.
Es un nuevo día, un eterno nuevo día,
y comienzo a divagar dentro de un divagar interminable.
Porque la verdad,
es que no hay nada afuera.
Pero a lo que voy con todo esto
es que podría ponerme a hablar
de niños jugando sobre el verde de los parques,
o de parejas circulando de la mano
sobre el verde de los parques,
o de ancianos alimentando palomas
sobre el ripio de los parques.
Pero nada de eso es atractivo.
También podría hablar de incógnitos susurros,
de pestañeos entre medio de películas,
de ciclistas viajando sobre alquitranoso pavimento,
de oficinistas extraviados buscando combinaciones bajo tierra
o de haitianas vendiendo ajo o zapatillas,
pero la verdad es que nada de eso es atractivo.
Porque prefiero quedarme acá,
en mi habitación de arrendatario incontestable,
mirando el celular,
mientras diabéticos rayos solares entran a través de mi ventana,
iluminando esta inmovilidad invalidante de mis dedos cinéticos
mientras la nada flota como polvo o como ácaro,
colonizando las riníticas sombras
de mis dos fosas nasales.
Estornudo, después me sueno.