Francisco Lechuga Mejia
Poeta que no puede vivir sin el portal
Desde la última vez que me dejaron con los suspiros en la boca suelo estar alerta, me costó trabajo, lo admito, pero ya no se me enfría el café por las mañanas, ya no me desvela un qué habré hecho para que me abandonara y ahora como a mis horas aunque el apetito se haya ido tras los pasos del último fracaso. Sigo escribiéndole al desamor para que no me tome de nuevo por sorpresa, pero ahora lo hago para entretenerme y con ello evitar que la melancolía se levante del rincón de la recamara y de nuevo se ensañe con mi frío.
Creo que la alerta, o por lo menos mi alerta debe tener una fisura o una grieta, ¿si no cómo es qué ahora, y poniendo todos los cuidados te me has metido a los ojos?
Me gustaría que te quedaras una hora a ver si el café se me enfría con los vientos de tu charla, un rato para nadar hasta ahogarme en tu mirada, una noche para escribir sobre tu piel un verso que no sea soluble a la ducha, o simplemente garabatear mi nombre a fuerza de caricias.
Me gustaría que te quedaras a mi lado una historia que después, no sé cuándo ni para qué, se deje conjugar, tierna, entre nuestros labios.
Due 21.8.12 en una noche en la que la lluvia es tierna y acaricia el cristal de la ventana.
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Creo que la alerta, o por lo menos mi alerta debe tener una fisura o una grieta, ¿si no cómo es qué ahora, y poniendo todos los cuidados te me has metido a los ojos?
Me gustaría que te quedaras una hora a ver si el café se me enfría con los vientos de tu charla, un rato para nadar hasta ahogarme en tu mirada, una noche para escribir sobre tu piel un verso que no sea soluble a la ducha, o simplemente garabatear mi nombre a fuerza de caricias.
Me gustaría que te quedaras a mi lado una historia que después, no sé cuándo ni para qué, se deje conjugar, tierna, entre nuestros labios.
Due 21.8.12 en una noche en la que la lluvia es tierna y acaricia el cristal de la ventana.
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