daniel amaya
Poeta fiel al portal
Nadie ha preguntado nunca a las lágrimas,
aunque, no creo haber oído al viento
confundirse en el dolor del silencio,
nadie ha entrando en la cueva de un oso,
aunque, no creo haber visto al miedo
acercarse al tablón de un carnicero,
el que espera al tiempo desvanece
así como cenizas cubiertas de olvido,
tal vez es mejor ir sujeto al tiempo
junto a las nubes que pasan hacia
el horizonte lejano…
¡Oye niño!
¿Qué buscas?
¿Por qué distante?
pareces un viejo recuerdo
en la sala de un hogar que vio
partir risas y llantos en las paredes,
en los pisos, en los patios,
en la oscuridad donde surgía
el enlace del alma con los deseos;
ahora que te observo bien,
me recuerdas a un amigo,
su silueta era delgada puesto
que prestaba tiempo a todo
éste tiempo perdido
y su cabello oscuro encajaba profundo
con sus ojos desconocidos,
él era solitario y tímido como una luz que
titila timorata en el firmamento.
Creo conocerte en algún astro lejano,
en algún recuerdo de un diario perdido,
en el reflejo de algún lago,
quizás si miro adentro hay un niño
en un navío navegando umbrales,
hacia algún puente que conecte
los sueños con el mundo,
a veces en los sueños hay treguas
entre tormentas y navíos querido niño
y al miedo se le olvida olfatear las almohadas,
las fuerzas tienen descanso en ese lapso de ausencia,
algún día las palabras se desanudarán de la melancolía…
¡Oye niño!
¿Qué encontraste?
¿por qué tan lejano?
recuerda que hay un pasillo
libre para regresar,
me he sentado aquí tanto tiempo
y esperé observando al suelo,
a las hormigas limpiado,
al rocío sereno escarchando al campo,
a la añoranza del mundo,
otra lágrima caerá sobre la herida…
Creo conocerte en mí,
en mi silueta de corazón triste,
no entiendo el lamento
que espera en el asiento y en las piedras
que reposan en tu espera,
no lo explico, jamás hay respuesta
al gris que se desprende del horizonte;
en tus ojos cobre el alma vuela
y las campanas de los templos
suenan avisando su presencia,
tal vez eras un ángel perdonando los tiempos…
aunque, no creo haber oído al viento
confundirse en el dolor del silencio,
nadie ha entrando en la cueva de un oso,
aunque, no creo haber visto al miedo
acercarse al tablón de un carnicero,
el que espera al tiempo desvanece
así como cenizas cubiertas de olvido,
tal vez es mejor ir sujeto al tiempo
junto a las nubes que pasan hacia
el horizonte lejano…
¡Oye niño!
¿Qué buscas?
¿Por qué distante?
pareces un viejo recuerdo
en la sala de un hogar que vio
partir risas y llantos en las paredes,
en los pisos, en los patios,
en la oscuridad donde surgía
el enlace del alma con los deseos;
ahora que te observo bien,
me recuerdas a un amigo,
su silueta era delgada puesto
que prestaba tiempo a todo
éste tiempo perdido
y su cabello oscuro encajaba profundo
con sus ojos desconocidos,
él era solitario y tímido como una luz que
titila timorata en el firmamento.
Creo conocerte en algún astro lejano,
en algún recuerdo de un diario perdido,
en el reflejo de algún lago,
quizás si miro adentro hay un niño
en un navío navegando umbrales,
hacia algún puente que conecte
los sueños con el mundo,
a veces en los sueños hay treguas
entre tormentas y navíos querido niño
y al miedo se le olvida olfatear las almohadas,
las fuerzas tienen descanso en ese lapso de ausencia,
algún día las palabras se desanudarán de la melancolía…
¡Oye niño!
¿Qué encontraste?
¿por qué tan lejano?
recuerda que hay un pasillo
libre para regresar,
me he sentado aquí tanto tiempo
y esperé observando al suelo,
a las hormigas limpiado,
al rocío sereno escarchando al campo,
a la añoranza del mundo,
otra lágrima caerá sobre la herida…
Creo conocerte en mí,
en mi silueta de corazón triste,
no entiendo el lamento
que espera en el asiento y en las piedras
que reposan en tu espera,
no lo explico, jamás hay respuesta
al gris que se desprende del horizonte;
en tus ojos cobre el alma vuela
y las campanas de los templos
suenan avisando su presencia,
tal vez eras un ángel perdonando los tiempos…
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