abcd
Poeta adicto al portal
Lo de que es domingo es verdad,
lo de esperar que digas muéreme, no.
Primero porque hablas bien
y muéreme es un error conceptual,
segundo porque luego lo pensarías,
y sabes cuanto te gusta que la luna no te escuché,
para extrañar, para entre susurros
y entre labios empezar a nombrarme,
y llorar, llorar con dulce melancolía los días que tenías agendado.
Además lo de morir un domingo es molesto,
las personas que invitarían a tu velorio
estarán durmiendo la siesta,
o de excursión porque hoy a pesar de hacer frío hay sol.
La cuestión es que estar o no estar
siempre es un karma infravalorado,
lo saben las moscas, los mosquitos,
y algunas ratas enamoradas de cucarachas.
Yo en cambio si te muriese
los estacionamientos quedarían vacíos,
se harían largos pasillos de palabras aburridas
y tu caminarías saltando de verso en verso.
Sé que llegarías hasta el infinito de todo lo que he sentido,
pero ya, en ese entonces, va a ser muy poco práctico.
En mi ataúd me retorceré al imaginarte haciendo el amor con otro,
y gritaré con tal desatino que despertaré a una vecina gorda,
de esas que les gusta pelear y se despiertan malhumoradas,
y ella entrará a mi cajón a la fuerza,
y violará o comerá mis huesos,
dependiendo de su apetito más estimulado.
No es para nada ingenioso hablar de muerte un domingo,
hoy no hay fútbol, entonces de por si la alegría mundana esta muerta.
La tarde esta preciosa, debo admitirlo,
por demás ociosa,
cortarse de a poquito las venas es música de enamorados desesperados,
pero es tan lindo ser la muerte dormida en un pecho.
Ahí tuve dos segundos de tristeza que no supe contener,
amor y muerte parecen sinónimos,
pero en mis padres no es así,
pero en mis abuelos tampoco lo fue,
pero en los millares de ejemplos que me ha dado la vida nunca los vi así.
Es curioso, la catarsis debería ser apócrifa,
los sueños falsos,
y los tigres que seducen con daño tendrían que destrozar todas las sombras.
Ojala pudiera morirte y enterrarte en mis brazos,
no con esas muertes de para siempre,
sino con una de mentira, de esas que tiemblan en un beso,
y acariciarte con un ojo tu ojo impaciente,
y trenzar en los ombligos dos planetas nuevos
para hablar otra vez del apocalipsis,
de que somos dos supernovas ajenos al lenguaje de estar vivos, o estar muertos.
lo de esperar que digas muéreme, no.
Primero porque hablas bien
y muéreme es un error conceptual,
segundo porque luego lo pensarías,
y sabes cuanto te gusta que la luna no te escuché,
para extrañar, para entre susurros
y entre labios empezar a nombrarme,
y llorar, llorar con dulce melancolía los días que tenías agendado.
Además lo de morir un domingo es molesto,
las personas que invitarían a tu velorio
estarán durmiendo la siesta,
o de excursión porque hoy a pesar de hacer frío hay sol.
La cuestión es que estar o no estar
siempre es un karma infravalorado,
lo saben las moscas, los mosquitos,
y algunas ratas enamoradas de cucarachas.
Yo en cambio si te muriese
los estacionamientos quedarían vacíos,
se harían largos pasillos de palabras aburridas
y tu caminarías saltando de verso en verso.
Sé que llegarías hasta el infinito de todo lo que he sentido,
pero ya, en ese entonces, va a ser muy poco práctico.
En mi ataúd me retorceré al imaginarte haciendo el amor con otro,
y gritaré con tal desatino que despertaré a una vecina gorda,
de esas que les gusta pelear y se despiertan malhumoradas,
y ella entrará a mi cajón a la fuerza,
y violará o comerá mis huesos,
dependiendo de su apetito más estimulado.
No es para nada ingenioso hablar de muerte un domingo,
hoy no hay fútbol, entonces de por si la alegría mundana esta muerta.
La tarde esta preciosa, debo admitirlo,
por demás ociosa,
cortarse de a poquito las venas es música de enamorados desesperados,
pero es tan lindo ser la muerte dormida en un pecho.
Ahí tuve dos segundos de tristeza que no supe contener,
amor y muerte parecen sinónimos,
pero en mis padres no es así,
pero en mis abuelos tampoco lo fue,
pero en los millares de ejemplos que me ha dado la vida nunca los vi así.
Es curioso, la catarsis debería ser apócrifa,
los sueños falsos,
y los tigres que seducen con daño tendrían que destrozar todas las sombras.
Ojala pudiera morirte y enterrarte en mis brazos,
no con esas muertes de para siempre,
sino con una de mentira, de esas que tiemblan en un beso,
y acariciarte con un ojo tu ojo impaciente,
y trenzar en los ombligos dos planetas nuevos
para hablar otra vez del apocalipsis,
de que somos dos supernovas ajenos al lenguaje de estar vivos, o estar muertos.
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