abcd
Poeta adicto al portal
Soñé con ella, con la noche de ella,
soñé que sus huesos bailaban bajo el polvo,
en un polvo con cualquiera.
Soñé que su sangre era blanca al acabar los besos y la cerda pasión,
soñé que lo que ahora se movía de ella en la superficie
era un murmulló, un dolor en la sien, en la entrepierna.
Soñé, que ella aún muerta era el alimento de mi alma,
y tuve tanto miedo,
que el miedo oprimió mi pecho,
y desperté entre tantas cosas, mojado, humano,
con la cara rota, con las venas apartadas de la cama
y con la zonza sensación de que dormir ya no es sano.
Y yo, empecé a saborear los cables, los dedos,
me lamí las manos, la fruta del corazón me ardía,
tenía que gritar y mirar por la ventana.
Un pájaro se reía, otro se reía,
la paranoia nacía en cada suspiro,
me dolía la boca, la boca de mi boca me puteaba sin emitir sonido alguno,
por todas partes, partes de mi,
me sentía desintegrar, yo mismo arrojaba pedazos de mi contra la pared.
Hice un valle, una laguna, una montaña,
hice un río muy rojo,
todo me estaba doliendo, me sentía elástico, infinito,
como un resorte que me llevaría a la mismísima luna,
me sentí admirable, desquisiable y admirable.
Dije, Dios, pero yo no creo en Dios,
y ¡plaf! mi cabeza dio contra el cristal,
volaron los recuerdos, mariposas violaron mi nostalgia,
ya es de día. Basta, ya es de día.
Oh, su cintura, aliento tácito de fe a mi órgano sexual.
Qué rápido soy para amar.
Mis brazos están tirados, mi cara es un poco de luz en la pasta de dientes,
es perfecto este dolor.
Hay una fiesta adentro mío,
he lanzado tantas máscaras sobre el escenario,
y todo por un mal sueño.
Como me hubiese gustado ser yo el que penetraba en el alma de ella...
soñé que sus huesos bailaban bajo el polvo,
en un polvo con cualquiera.
Soñé que su sangre era blanca al acabar los besos y la cerda pasión,
soñé que lo que ahora se movía de ella en la superficie
era un murmulló, un dolor en la sien, en la entrepierna.
Soñé, que ella aún muerta era el alimento de mi alma,
y tuve tanto miedo,
que el miedo oprimió mi pecho,
y desperté entre tantas cosas, mojado, humano,
con la cara rota, con las venas apartadas de la cama
y con la zonza sensación de que dormir ya no es sano.
Y yo, empecé a saborear los cables, los dedos,
me lamí las manos, la fruta del corazón me ardía,
tenía que gritar y mirar por la ventana.
Un pájaro se reía, otro se reía,
la paranoia nacía en cada suspiro,
me dolía la boca, la boca de mi boca me puteaba sin emitir sonido alguno,
por todas partes, partes de mi,
me sentía desintegrar, yo mismo arrojaba pedazos de mi contra la pared.
Hice un valle, una laguna, una montaña,
hice un río muy rojo,
todo me estaba doliendo, me sentía elástico, infinito,
como un resorte que me llevaría a la mismísima luna,
me sentí admirable, desquisiable y admirable.
Dije, Dios, pero yo no creo en Dios,
y ¡plaf! mi cabeza dio contra el cristal,
volaron los recuerdos, mariposas violaron mi nostalgia,
ya es de día. Basta, ya es de día.
Oh, su cintura, aliento tácito de fe a mi órgano sexual.
Qué rápido soy para amar.
Mis brazos están tirados, mi cara es un poco de luz en la pasta de dientes,
es perfecto este dolor.
Hay una fiesta adentro mío,
he lanzado tantas máscaras sobre el escenario,
y todo por un mal sueño.
Como me hubiese gustado ser yo el que penetraba en el alma de ella...