Fabiola Montes
Poeta asiduo al portal
Clamé al cielo y a los mares
por una pizca de sosiego.
De rodillas le imploré al viento
una gota cristalina de olvido.
Caminé descalza por los zarzales
buscando el consuelo del alivio.
Recorrí dos veces la distancia
de uno a otro confín
y fue inútil la caminata:
en ningún lugar hallé
lo que nunca perdí.
Bañé mi cuerpo en hierba verde
y bebí despacio arena de los desiertos.
Para calentar mi alma
me vestí de hielo
y cansada de no tener sueño,
en una rama de árbol me dormí.
Veo gentes que no me entienden.
Escucho voces que sólo hablan en silencio.
Un ángel de bata blanca
le dice cariñoso a una multitud desfigurada
que mi mirada extraviada es sólo signo
de que allá en lo eterno me perdí.
por una pizca de sosiego.
De rodillas le imploré al viento
una gota cristalina de olvido.
Caminé descalza por los zarzales
buscando el consuelo del alivio.
Recorrí dos veces la distancia
de uno a otro confín
y fue inútil la caminata:
en ningún lugar hallé
lo que nunca perdí.
Bañé mi cuerpo en hierba verde
y bebí despacio arena de los desiertos.
Para calentar mi alma
me vestí de hielo
y cansada de no tener sueño,
en una rama de árbol me dormí.
Veo gentes que no me entienden.
Escucho voces que sólo hablan en silencio.
Un ángel de bata blanca
le dice cariñoso a una multitud desfigurada
que mi mirada extraviada es sólo signo
de que allá en lo eterno me perdí.