Pedro Olvera
#ElPincheLirismo
Una de tantas que equivoqué el pie, cedió la rama,
caí del árbol, o envergadura verde, caí de bruces
sin triturarme un fémur, sin descontar mis muelas;
pero eran dientes de leche tibia, allá, remotamente,
donde me incorporaba entre gimoteos,
en el charco de rasguños, o asombro de estar vivo,
y miraba hacia lo alto del fresno, hasta el casi cielo
que había alcanzado para pilotar una nube hidrópica,
tan cerca de la última ventana del aire,
tan cerca de mirar la casa de la abuela…
El dolor era una cima, un pedestal; las cicatrices,
preseas, condecoraciones al valor, o curitas y nalgadas.
Lo que llamaban sufrimiento lo conocí después,
cuando el árbol quiso trepar una tempestad, los truenos,
y cayó a su sombra en llamas, se desprendió del mundo,
desapareció para siempre del planisferio de mi infancia.
Hoy, que todo es andar a paso firme sobre el pavimento,
cuando caigo de mi mirada en los alambres
a esta profunda resequedad de huesos en mis ojos,
no hay luna que se haga pedazos conmigo,
nada tiene de polvo de estrellas el lumbago, la prisa;
me abrazo a mi esqueleto como si tuviéramos frío,
como si lo estuviera perdiendo de erosión o alcantarilla;
luego sacudo de mis pestañas las moscas, las luciérnagas:
desde aquí puedo ver el bosque de rostros inclinados
y el letrero brillante de mi autobús que al fin llega.
caí del árbol, o envergadura verde, caí de bruces
sin triturarme un fémur, sin descontar mis muelas;
pero eran dientes de leche tibia, allá, remotamente,
donde me incorporaba entre gimoteos,
en el charco de rasguños, o asombro de estar vivo,
y miraba hacia lo alto del fresno, hasta el casi cielo
que había alcanzado para pilotar una nube hidrópica,
tan cerca de la última ventana del aire,
tan cerca de mirar la casa de la abuela…
El dolor era una cima, un pedestal; las cicatrices,
preseas, condecoraciones al valor, o curitas y nalgadas.
Lo que llamaban sufrimiento lo conocí después,
cuando el árbol quiso trepar una tempestad, los truenos,
y cayó a su sombra en llamas, se desprendió del mundo,
desapareció para siempre del planisferio de mi infancia.
Hoy, que todo es andar a paso firme sobre el pavimento,
cuando caigo de mi mirada en los alambres
a esta profunda resequedad de huesos en mis ojos,
no hay luna que se haga pedazos conmigo,
nada tiene de polvo de estrellas el lumbago, la prisa;
me abrazo a mi esqueleto como si tuviéramos frío,
como si lo estuviera perdiendo de erosión o alcantarilla;
luego sacudo de mis pestañas las moscas, las luciérnagas:
desde aquí puedo ver el bosque de rostros inclinados
y el letrero brillante de mi autobús que al fin llega.
22 de agosto de 2022