Amada: Ya germinaron los frutos del ciruelo y ha cantado el ruiseñor en mi ventana, pero esta primavera las golondrinas no me anuncian tu regreso. ¿Recuerdas cuando nos besábamos a la sombra del ciprés? Tus labios tenían la frescura del durazno y el sabor de la esperanza. Aun oigo tu voz en el eco de la brisa: Amor mío, la impaciencia es un pájaro salvaje que hace nidos en el viento. Del ciprés sólo queda nuestra historia. Ahora acudo al sauce de la colina para caligrafiar esta pregunta: ¿Qué príncipe o guerrero te corteja? Amada, alguna vez tu corazón de plenilunio alumbro mi pensamiento; entonces florecían para ti las orquídeas y el loto de la huerta. Otras doncellas recogen crisantemos a orillas del Yangsé, y contemplan a los nenúfares en las aguas del estanque. Tu ausencia me convierte en ermitaño, mas la duda y las doncellas merodean mi cabaña. Una joven sonríe mientras memorizo aquel nuestro poema de Li Tai Po:
Acompáñame niña
a escuchar los acordes
que gimen los bambúes
al beso de la noche.
Hoy no quiero rendirme a la tristeza, y me complace el canto de la lluvia sobre la colina. He madurado en las meditaciones para escribirte con el espíritu de los versos del maestro Hiang Tchekin:
¡Oh casta luna!
Mi amada sabe que te miro
cuando tus rayos le acarician
la fina piel.
¡Oh casta luna!
Así es la ausencia
menos cruel.
Tal vez nunca regreses ni recibas esta carta, y tu voz sea un susurro en el eco de la brisa: Amor mío, la impaciencia es un pájaro salvaje que hace nidos en el viento. Pero te seguiré esperando por los siglos de los siglos en un lugar lejano y diferente. Tuyo siempre, desde la reencarnación:
Rey Cruz
Acompáñame niña
a escuchar los acordes
que gimen los bambúes
al beso de la noche.
Hoy no quiero rendirme a la tristeza, y me complace el canto de la lluvia sobre la colina. He madurado en las meditaciones para escribirte con el espíritu de los versos del maestro Hiang Tchekin:
¡Oh casta luna!
Mi amada sabe que te miro
cuando tus rayos le acarician
la fina piel.
¡Oh casta luna!
Así es la ausencia
menos cruel.
Tal vez nunca regreses ni recibas esta carta, y tu voz sea un susurro en el eco de la brisa: Amor mío, la impaciencia es un pájaro salvaje que hace nidos en el viento. Pero te seguiré esperando por los siglos de los siglos en un lugar lejano y diferente. Tuyo siempre, desde la reencarnación:
Rey Cruz
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