prisionero inocente
Poeta que considera el portal su segunda casa
A veces nos tomábamos de la mano para desconocernos,
para anudar interrogantes que no pudieron ser
más que un gesto de renuncia.
Y caminábamos por railes de tranvías extinguidos
que llevaban a los crematorios.
Siempre te ha gustado pegarte a los muros anestesiados
por el calor de los incinerados, sin la extensión valiente de alguna ventana,
simplemente muros o ladrillos que esculpían sus miedos a ser arena.
Al otro lado había hombres como yo, gente que quemaba otra gente.
Volvíamos con un poco de ceniza en los cabellos, con algunas culpas comprendidas,
con zapatos que ya no apresuraban tanto las horas,
como si el retorno hacia la debilidad de los pliegues
fuera un pacto con la lentitud, como si las sombras, nuestras sombras
ardientes de barro, se hubiesen convertido en cántaros llenos del plomo
extraído de aquellos cuerpos sin nombre, llevados por el viento
hacia los acantilados en los amaneceres caducos.
para anudar interrogantes que no pudieron ser
más que un gesto de renuncia.
Y caminábamos por railes de tranvías extinguidos
que llevaban a los crematorios.
Siempre te ha gustado pegarte a los muros anestesiados
por el calor de los incinerados, sin la extensión valiente de alguna ventana,
simplemente muros o ladrillos que esculpían sus miedos a ser arena.
Al otro lado había hombres como yo, gente que quemaba otra gente.
Volvíamos con un poco de ceniza en los cabellos, con algunas culpas comprendidas,
con zapatos que ya no apresuraban tanto las horas,
como si el retorno hacia la debilidad de los pliegues
fuera un pacto con la lentitud, como si las sombras, nuestras sombras
ardientes de barro, se hubiesen convertido en cántaros llenos del plomo
extraído de aquellos cuerpos sin nombre, llevados por el viento
hacia los acantilados en los amaneceres caducos.
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