Amaneceres.
Todavía el huraño sol
no se atreve a salir,
la luminaria observa
a las diminutas partículas
de agua que mecidas
por el viento se agitan
de un lado a otro.
El frío techo recibe
el tamborileo de las
gotas que aumenta
y disminuye su sonido
en la medida de la
intensidad con que caen.
El frío invade mi ventana
por dónde observo aquel
teatro entre luces
y penumbras junto al
aplauso sonoro que
mis cortinas hacen en su
vaivén y que al choque
dejan escuchar.
Un lúgubre silencio
luego queda, a veces
interrumpido por el
latido de mi corazón
o por el de un perro
callejero que en la lejanía
va peleando por una
perra en brama.
Se desparraman los
recuerdos de algunos
amaneceres abrigado
a tu espalda tibia, desnuda
y tersa que me brindaron
calor, te busco entre
vivo y muerto me doy
cuenta que el alma
está partiendo al
pueblo desierto.
Dr. Augusto César Morales Velásquez.
Todavía el huraño sol
no se atreve a salir,
la luminaria observa
a las diminutas partículas
de agua que mecidas
por el viento se agitan
de un lado a otro.
El frío techo recibe
el tamborileo de las
gotas que aumenta
y disminuye su sonido
en la medida de la
intensidad con que caen.
El frío invade mi ventana
por dónde observo aquel
teatro entre luces
y penumbras junto al
aplauso sonoro que
mis cortinas hacen en su
vaivén y que al choque
dejan escuchar.
Un lúgubre silencio
luego queda, a veces
interrumpido por el
latido de mi corazón
o por el de un perro
callejero que en la lejanía
va peleando por una
perra en brama.
Se desparraman los
recuerdos de algunos
amaneceres abrigado
a tu espalda tibia, desnuda
y tersa que me brindaron
calor, te busco entre
vivo y muerto me doy
cuenta que el alma
está partiendo al
pueblo desierto.
Dr. Augusto César Morales Velásquez.