BEN.
Poeta que considera el portal su segunda casa
Incendio los atroces huertos,
buscando tu alma, tu espíritu
de seis y media de la mañana,
hasta los altares últimos de la noche.
Crepuscular tu mente eclosiona,
tu sensibilidad erosionada, la ecuación
maldita, tu enfermedad silente,
el temor reflejado en tu piel:
unos ojos azules que estallan
contra los farallones de la tierra
desnaturalizada. Te extraño,
corriente o cometa, vaso sanguíneo
que actúa completando los odios
mezquinos y pequeños. Por las avenidas
irreales de mi sueño, por la delirante
escapatoria de emergencia donde la
serpiente intuye el fin de la presa avecinada.
Por los huecos sonoros de la existencia
tan terriblemente marchita y opuesta.
Te extraño, suave luz, cometa radiante,
leve convexidad de los campos en flor.
Tu luz de amuleto fugitivo, mi amor
de rosa trémula en los espacios combatidos:
derogo la oscuridad y vuelvo a ti
mis labios de escucha, y atentos.
Y palpitas en mis oídos, como una sangre
serena, en los anteojos implacables
de mi estirpe, tú, la primera.
Miro los labios sumergidos
las escuelas tristemente prostituidas
los aceros disminuidos por el confortable
subsuelo, la memoria disipada que halla
su voz en un megáfono cualquiera.
Donde antes encontraba tus labios,
tus labios de pura arena, ahora, hallo
troncos, rabia, cosecha, diminutos
cristales que impacientan su tristeza.
Y los anillos me cauterizan.
Administro los odios y cazo
al vuelo, mariposas, estrellas,
calmo, las aceras desprevenidas
llenas de transeúntes imperfectos.
©
buscando tu alma, tu espíritu
de seis y media de la mañana,
hasta los altares últimos de la noche.
Crepuscular tu mente eclosiona,
tu sensibilidad erosionada, la ecuación
maldita, tu enfermedad silente,
el temor reflejado en tu piel:
unos ojos azules que estallan
contra los farallones de la tierra
desnaturalizada. Te extraño,
corriente o cometa, vaso sanguíneo
que actúa completando los odios
mezquinos y pequeños. Por las avenidas
irreales de mi sueño, por la delirante
escapatoria de emergencia donde la
serpiente intuye el fin de la presa avecinada.
Por los huecos sonoros de la existencia
tan terriblemente marchita y opuesta.
Te extraño, suave luz, cometa radiante,
leve convexidad de los campos en flor.
Tu luz de amuleto fugitivo, mi amor
de rosa trémula en los espacios combatidos:
derogo la oscuridad y vuelvo a ti
mis labios de escucha, y atentos.
Y palpitas en mis oídos, como una sangre
serena, en los anteojos implacables
de mi estirpe, tú, la primera.
Miro los labios sumergidos
las escuelas tristemente prostituidas
los aceros disminuidos por el confortable
subsuelo, la memoria disipada que halla
su voz en un megáfono cualquiera.
Donde antes encontraba tus labios,
tus labios de pura arena, ahora, hallo
troncos, rabia, cosecha, diminutos
cristales que impacientan su tristeza.
Y los anillos me cauterizan.
Administro los odios y cazo
al vuelo, mariposas, estrellas,
calmo, las aceras desprevenidas
llenas de transeúntes imperfectos.
©