Florecen las mustias rosas del estío, en crepúsculo sanguinolento de dolor infinito. Tú miras con ardor divino hacia lo alto del firmamento; esperando a que la estrella vespertina haga su aparición fantasmagórica junto con la soberbia luna de punzante crueldad nocturna. Mientras yo, implorando tu amor entre estremecimientos de un glacial frío marchito, voy envejeciendo mientras tú, odiosa al tacto de mi mano sacrílega, te ríes de mi pasión desmedida por alcanzar tu corazón de hierro. Entonces,en un ataque de sagrada locura, mi cerebro revienta en un recital de imágenes de tu cuerpo esbelto de divina diosa. Sé que no seré correspondido; pero me vale observarte bajo la clareada Diana de lechosos rayos embriagadores, para darme cuenta que mi deseo es desmedido y aterrador a un mismo tiempo. Tú pasas de largo ante mi atenta mirada de enamorado; mas ninguna señal de lujuria embriaga mis pupilas de azul intenso. Mas tú, como una descomunal ménade, te embriagas en el vino dulce de otro hombre, el cual no te colmará como yo lo haría; si me dieses la santa oportunidad de vencer este mortuorio nihilismo que abdica eterno por penetrar profuso en tu alma de fatalidad relumbrante.
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