Nýcolas
Poeta asiduo al portal
I
Podrás perderlo todo, a todos, a ellos, a ellas, a él, a ella, aquel, aquella, pero jamás podrás perderme a mí. Lo sábes.
Todos mis sufrimientos se pierden en tu mirada, en aquel rayo cósmico de amores infinitos, de baladas nocturnas, de sonetos universales.
Todos mis pesares, que cual esclavo arrastro a la luna por las noches, con sus cadenas de ríos de plata y reflejos de mármol, me hunden el alma hasta un vacío ilimitado de luz.
Todos mis dolores se fugan con tu presencia ideal, muero un millón de veces para nacer el doble en tus suspiros, en tu tacto, en tus sentidos, y olfatear de tus pétalos un aurora boreal.
Pero todo duele el triple. A la par de tu sísmico corazón, oh, amor, late esta melodía de infinito dolor. ¿Pero es que no se entiende?, el gran afecto es libre como el aire..., el verdadero afecto. ¿Daña el aire que respiramos o las gigantes viajeras nubes que contemplamos? En efecto que no. Las tormentas siempre nos torturan, no importa de qué estemos hechos, un trueno puede partirnos el corazón. Pero todo es bello, como tras la gran Explosión se esparcieron como polvo las estrellas, pequeños fragmentos de la eternidad, perlas del infinito inmortal, chispas divinas del grandísimo cósmico Amor.
Pero en el vasto silencio enlutado todos los fantasmas explotan por el amor dorado, el amor azul, el amor rojo y amarillo, naranja, verde, violeta y blanco y negro, por todo y por todo, el sacrificio perpetuo del uno por el otro, es decir, del otro por el uno. En este instante vivimos, no hay ayer, no hay mañana, sólo recuerdos y visiones de un hoy que viaja constantemente como las blancas nubes del libre cielo, y es aquí en donde contigo me fundo en un silente de oro, contigo y con todos, o sólo contigo y con ellos. Al final, todos es uno y uno es todo, todos.
Podrás perderlo todo, a todos, a ellos, a ellas, a él, a ella, aquel, aquella, pero jamás podrás perderme a mí. Lo sábes.
Todos mis sufrimientos se pierden en tu mirada, en aquel rayo cósmico de amores infinitos, de baladas nocturnas, de sonetos universales.
Todos mis pesares, que cual esclavo arrastro a la luna por las noches, con sus cadenas de ríos de plata y reflejos de mármol, me hunden el alma hasta un vacío ilimitado de luz.
Todos mis dolores se fugan con tu presencia ideal, muero un millón de veces para nacer el doble en tus suspiros, en tu tacto, en tus sentidos, y olfatear de tus pétalos un aurora boreal.
Pero todo duele el triple. A la par de tu sísmico corazón, oh, amor, late esta melodía de infinito dolor. ¿Pero es que no se entiende?, el gran afecto es libre como el aire..., el verdadero afecto. ¿Daña el aire que respiramos o las gigantes viajeras nubes que contemplamos? En efecto que no. Las tormentas siempre nos torturan, no importa de qué estemos hechos, un trueno puede partirnos el corazón. Pero todo es bello, como tras la gran Explosión se esparcieron como polvo las estrellas, pequeños fragmentos de la eternidad, perlas del infinito inmortal, chispas divinas del grandísimo cósmico Amor.
Pero en el vasto silencio enlutado todos los fantasmas explotan por el amor dorado, el amor azul, el amor rojo y amarillo, naranja, verde, violeta y blanco y negro, por todo y por todo, el sacrificio perpetuo del uno por el otro, es decir, del otro por el uno. En este instante vivimos, no hay ayer, no hay mañana, sólo recuerdos y visiones de un hoy que viaja constantemente como las blancas nubes del libre cielo, y es aquí en donde contigo me fundo en un silente de oro, contigo y con todos, o sólo contigo y con ellos. Al final, todos es uno y uno es todo, todos.