Sinuhé
Poeta adicto al portal
Ya no tengo miedo, madre. Ya no estoy solo.
Apenas ayer me imaginabas tuyo,
profeta de tu vientre cansado; me dormías.
El sonido del agua me bañaba,
serena y cálida tu fuente me mecía,
suave y callada.
Yo subía por la savia de tus ramas sigilosas y nuevas,
por tus vestidos llenos y vencidos,
por tu voz lejana; apenas oída.
Hoy te escucho madre.
He visto la sonrisa tuya que no entiendo,
y que apenas alcanza para mi vida nueva.
Hemos vencido.
Repartiremos el sol del mediodía y el mar,
el sueño y la poesía.
Ya no estoy solo, madre.
Ahora me río del mundo y sus fábulas.
Y navego libre del abismo que me espanta y me sonrío.
Toco el aire.
Me enciendo claro en tu luz que me envuelve, jubilosa;
que ilumina el sendero de mi nombre: Andrés,
de invierno y de aguacero.
Paz mi nombre, madre.
Un sueño que despierta.
Apenas ayer me imaginabas tuyo,
profeta de tu vientre cansado; me dormías.
El sonido del agua me bañaba,
serena y cálida tu fuente me mecía,
suave y callada.
Yo subía por la savia de tus ramas sigilosas y nuevas,
por tus vestidos llenos y vencidos,
por tu voz lejana; apenas oída.
Hoy te escucho madre.
He visto la sonrisa tuya que no entiendo,
y que apenas alcanza para mi vida nueva.
Hemos vencido.
Repartiremos el sol del mediodía y el mar,
el sueño y la poesía.
Ya no estoy solo, madre.
Ahora me río del mundo y sus fábulas.
Y navego libre del abismo que me espanta y me sonrío.
Toco el aire.
Me enciendo claro en tu luz que me envuelve, jubilosa;
que ilumina el sendero de mi nombre: Andrés,
de invierno y de aguacero.
Paz mi nombre, madre.
Un sueño que despierta.
Junio, año 2000
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